29 oct 2010

El Ungido


“Cuando muere el hombre impío perece su esperanza”
Prov. 11,7


Por ANTONIO CAPONNETTO


No siendo especialistas en tanatología –como de pronto parecen serlo todos nuestros conciudadanos- apenas si un par de reflexiones podríamos hilvanar ante la muerte de Néstor Kirchner.
La primera es que su deceso es un bien inmenso para el país, como lo sería el de todos aquellos de su laya que viven y obran para ultrajar a Dios y a la Patria. Disimular, omitir o atemperar este juicio nos conduciría a pagar un tributo al cinismo que no estamos dispuestos a oblar.
El difunto (ya lo dijimos largamente mientras vivió) ha sido una de las encarnaduras más completas cuanto deleznables de la degeneración intelectual, moral y política; y en un decurso histórico como el nuestro, en el que no es fácil competir por la náusea, se ha quedado limpiamente entre los primeros puestos. No dejó crimen por auspiciar, latrocinio por cometer, impiedad por poner en práctica, mentira por difundir y rencores torvos por ejecutar malignamente. Suyas fueron todas las características del hombre espiritualmente contrahecho. Desde la dicción soez y el gesto atrabiliario, hasta el corazón irreligioso y la mente ganada por las cóleras más ruines.


Halló solaz en propiciar la contranatura y sintió desdicha por las virtudes tradicionales. Gozó con la fiesta sacrílega del mundo, y lo amargaron las celebraciones genuinamente sacras. Supo odiar la identidad hispanocriolla y católica de estas tierras con el mismo frenesí con que amó la causa de los asesinos de nuestra estirpe. Encanallecido, indigno y cargado de locuras furiosas, si algún epítome abarca sus pluriformes miserias y vicios sin cuento, el mismo fue acuñado el 6 de julio de 2010 por uno de sus indiscutibles y empecinados apologistas. Dijo entonces Luis D’Elía: “Néstor Kirchner es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. “Nuestro”, es decir de ellos, fue sin duda, el abanderado y el adalid.


La segunda reflexión guarda consonancia con la primera. Un hombre de tan negrísimo talante no podía sino creerse invulnerable y sin necesidad alguna de sobrenaturales socorros. La conciencia de la vulnerabilidad es propia de quien posee la virtud de la fortaleza, enseña el Aquinate. Mientras que, por el contrario, el pusilánime finge que nada puede ocurrirle. Para el cobarde henchido de soberbia, enfermarse no le está permitido; y llamarse a sosiego o a reposo, o mostrarse frágil con humano y humilde verismo, es una señal de derrota que no puede admitir.
Por eso Kirchner y su endemoniado entorno, a cada paso de la enfermedad que al fin acarreó la muerte, rechazaron cualquier signo sacramental que invocara la posibilidad ineludible de las postrimerías. Negado a la trascendencia y dado a la publicidad, el mensaje del patagón no podía ser el de un paciente necesitado de preces y de auxilios médicos, y en consecuencia engrandecido en el dolor y en la enfermedad. Sí, en cambio, el de una máquina ganadora que se hacía algunos ajustes técnicos para seguir compitiendo hasta la recta final. Como el acróbata que es dueño de una risa estéril y falsa, de comisuras tiesas, para probar que está intacto tras las mil volteretas, así reía Kirchner tras cada golpe que le propinaba su irremisible dolencia.


El cajón cerrado –con o sin sus restos, lo mismo da- fue el último signo de esta incapacidad de mostrarse vulnerado. Para descubrir al pueblo el rostro muerto, primero hay que estar convencido de que hay un Divino Rostro que me aguarda, transfigurante de mis miserias corporales todas. El rigor mortis, públicamente retratado como preanuncio paradojal de una movilidad aquende el féretro, es propio de quienes mueren piadosamente. Contrario es el caso de los desesperados. La mors certa, hora certa sed ignota, los tortura más que el instante súbito que los arranca definitivamente del tiempo. No saben ni quieren prepararse a bien morir, porque el activismo exitista que los domina los vuelve incapaces de todo ocio contemplativo.


No fue pues, el de Kirchner, ese consumirse como un cirio para alumbrar a otros, en un sacrificial, oblativo y extremo acto de servicio. No fue un gastarse y desgastarse sin medir las consecuencias. Esto quedará para la mitología partidocrática, siempre pronta a catalogar sandeces. Fue, sencillamente, lo que escribe Gracián en El Criticón: ”los sabios mueren, los necios revientan”. Reventó agarrotado por sus tirrias y fobias, creyendo que la muerte no era para él, sino un mal siempre conveniente y deseable para sus enemigos. Tal vez no le faltó razón, puesto que Dante, en el Canto III del Infierno, localiza a un tipo de personajes que, en virtud de sus felonías, “ni tienen la esperanza de morir”.


La tercera reflexión es sobre aquellos que, desde el instante mismo de su muerte, y olvidando que hasta otros instantes previos lo habían despreciado o maldecido, se dedicaron a glorificarlo, ya desde los medios masivos o rindiéndole homenaje presencial. Hablamos ante todo de esas muchedumbres mórbidas e informes que desfilaron ante su túmulo, brindando el espectáculo decadente que suscitan habitualmente estos carnavales. Masas sin veleta ni rumbo, volubles por definición e hijas de la hez democrática, esas oleadas que integraron su cortejo, ora asistieron rentadamente por disciplina sindical, ora por saltimbanquismo populista, ora por funesta afinidad con el rufián que partía. Ayer lo hicieron ante la momia de Alfonsín o de Mercedes Sosa. Mañana por quien sea el turno de rentar el olor de multitud. La Argentina real e invisible no estaba en ese cortejo desencajado y ciego. Estaba trabajando silente en vastísimas e incalculables legiones de sufridos brazos, lamentando esta patria nuestra, material y espiritualmente corrompida por el tirano que acaba de reventar.


Pero llegue también nuestro desprecio, ya no al tropel sin riendas que incensó durante horas el ataúd del déspota, entonando sin proponérselo la Marcha fúnebre para una marioneta -mas sin los sones afinados de Gounod- sino al llamado arco opositor, político o periodístico, cuya obsecuencia lacrimógena para con el occiso y sus deudos sólo prueba lo que ya sabemos de memoria: que uno solo es el Régimen, del que medran por igual oficialistas y antagonistas, en una entente trágica, maloliente y rapaz. Un único y despreciable sistema forman las llamadas derechas e izquierdas, conjugadas al unísono para que, más allá de las muertes individuales, perdure y sobreviva el infectado y podrido conjunto.


Sea la última reflexión para medir lo más grave. Aquello que verdaderamente nos sobresalta y aqueja hasta el desgarrón literal del alma. Y es constatar que, una vez más, la Iglesia no ha sabido estar a la altura de las circunstancias.


Cierto que de Roma llegaron pésames híbridos, redactados al modo de un formulario eventual. Pero algo más hacía falta decir, porque el difunto fue un persecutor explícito de la Fe Católica, a la que ofendió cuanto pudo con saña manifiesta y procaz. ¿Por qué callar que Kirchner tipificó el desdichado caso de quienes pecan contra el Espíritu, de quienes pecan con faltas que al cielo claman, de quienes pecan sin que les sea posible merecer el perdón? (Mc 3,29; Mt 12,32; Lc 12:10). ¿Por qué callar que tanto él como su viuda, su partido y sus gobiernos, son la quintaesencia de la endemoniada juntura de capitalismo y marxismo, de progresismo y liberalismo, de gramscismo y cultura de la muerte? ¿Por qué callar en vez de distinguir y condenar con toda la energía y la contundencia que puede y debe hacerlo la Madre y Maestra?


A su turno, el Cardenal Sandri, y siete sacerdotes argentinos, celebraron una misa por Kirchner, en la Iglesia Nacional Argentina de la Ciudad Eterna. También callaron cobardemente lo que debían decir, y afirmaron lo que no debían afirmar. Verbigracia, que el occiso se destacó por “el apasionado empeño en la vida política”, dejándonos con su partida “en la pena y la sensación de desamparo”. La pena y el desamparo –entérense de una vez desaguisados y felones pretes- lo padece la patria argentina en su conjunto, como consecuencia, precisamente, del “apasionado empeño” destructor llevado a cabo por el pérfido que acaba de finiquitar, y que han decidido convertir en héroe súbito.


Las palmas de la iniquidad, por supuesto, se las llevó Bergoglio, a estas alturas, y ya sin tapujos, devenido en el Patriarca de una secta judeo cristiana. Compartiendo el presbiterio catedralicio con el rabino Bergman, y el altar con otros varones de ínclita talla, se atrevió a sostener en su homilía del 27 de octubre, que “las manos de Dios lo acompañaron [a Kirchner], lo amaron, acariciaron su vida y lo recibieron”; y que nadie debería cometer la “grande ingratitud” de olvidar que “este hombre fue ungido por la voluntad popular”. Mérito sacro e intangible de inequívoca raigambre rusoniana, ante el cual, “el pueblo tiene que claudicar de todo tipo de postura antagónica para orar frente a la muerte de un ungido por la voluntad popular”.


Bergoglio ya no merece respuesta alguna. Que Nuestro Señor Jesucristo, el Verdadero Ungido, y a quien en nombre de la voluntad popular, Néstor Kirchner vilipendió en su perdularia vida, le prodigue el perdón, alguna vez, por haber preferido el sacerdocio de Judas al del Dios Verdadero.


Cuentan que refiriéndose a la muerte de Casimir Delavigne -el poeta y dramaturgo francés- su compatriota, el pintor Francois Desnoyer, dijo irónicamente: ”hay muertos a los que conviene matar”. Tal el caso de Néstor Kirchner. Mátese de una vez su legado y su proyecto, para que pueda abrigarse la esperanza, siquiera tenue, de mejores días para esta patria en llamas. Pero no es tarea que parezca posible en el horizonte inmediato, bien lo sabemos.
Pasadas las fiestas cristínicas del funeral montonero, y enterrado Néstor con su pañuelo blanco del odio marxista, vendrá la cruda realidad de una nación deshecha, de una mafia acechante, de unos herederos torvos, de un futuro tan ruinoso como el presente aciago que vivimos. Todo reino dividido en sí mismo perecerá (Mt. 12, 24)


Disponga Dios lo necesario para que podamos resistir y resguardar.

27 oct 2010

El estallido de la Estrella de la Muerte





Recuerdo esta escena final de “El regreso del Jedi”. La ví por primera vez cuando era niño, y jamás puede alejarla de mis pensamientos, siempre desee para mi pueblo un festejo como el que allí se manifestaba.

Una Estrella de la Muerte estallando en mil pedazos como un corazón corroído en el odio y el rencor revanchista, luego del vuelo épico del “hAlcón -4 Milenium” de la Fuerza Aérea rebelde, que navega orgullosa en una misión casi suicida ante el fuego antiaéreo de los Orcos mercenarios, pero valiente, honorable y necesaria.

Y luego…

…la felicidad de un pueblo que comienza a ver en el hombre de la aldea vecina, no a un adversario demoníaco, sino a un hermano unido a él en un destino en común. Antes, tribus embebidas en el odio ideológico de luchas intestinas desangrantes, ahora, una Nación que celebra el reconocerse a sí misma.

La Estrella de la Muerte kirchnerista estallo, porque la Argentina tiene una causa Justa por la cual existir.

Dios es Argentino.

G. K.

El viaje del Ojituerto al Inframundo




Dios aprieta pero no ahorca.

Dios se apiado de la Argentina.

El Ojituerto ahora deberá pagar todas sus maldades en el inframundo, junto a su padre, el Maligno.

Debo confesar una cierta tristeza por este acontecimiento, en más de una oportunidad soñé con verlo ajusticiado por el pueblo en el medio de Plaza de Mayo, placer que quedará ahora para los demonios del infierno. Pero no desesperen amigos, aún quedan vivos los Menem, De la Rua, Alfonsín y demás alimañas.

Celebro en este día, descorchando una botella de la genial invención de los galos, y brindando por esta aurora de esperanza para nuestra bendita tierra.

A vuestra salud, ¡Fiesta! y a ¡bailar!

G. K.


Pd.: Llamado a la solidaridad: Se necesitan con urgencia verduras podridas para arrojar al féretro, no vaya a ser que los pobres gusanos tengan que devorar semejante ente malévolo.

26 oct 2010

Doctor Fausto Match




Doctor Fausto Match, es la historia de un pacto diabólico.

Un showman del Mundo televisivo vende su alma al Maligno, para superar a todos en reconocimiento. Una especie de Blumberg que aparenta ser quien no es, tratando de apoderarse del Escudo de Armas que le permita hablar sin que nadie dude del tener que prestarle atención.

Este ingeniero, comediante del efecto, no vislumbra lo malévolo que desata sobre la sociedad argentina, aunque por instantes lo intuye (el remordimiento del aún reconocerse humano), en cada sentencia, ritmo de baile, acto pornográfico, grosería, mezquinos escándalos entre brujos travestis aspirantes a demonios; se siente más y más cómodo consigo mismo.

Allí, el posesionado se desenvuelve de manera hipnotizante para la platea de Orcos videns, ajeno en apariencia a las pestes de la malicia de los peores pecados que son lavados en la artística de una puesta en escena multicolor.

Y sin embargo, ambos (él y nosotros), se dirigen hacia la catástrofe de lo perverso en la locura diabólica, representada en la agonía de Fausto y de la sociedad que lo ha engendrado.

Fausto se aleja cada vez más del trato con humanos, hasta verse rodeado de demonios enanos deformes empapados en botox, que aparentan ser humanos. Así, entre la risa de alfajor empalagoso de un alma olvidada entre la multitud mediática, antes de que llegue el momento de entregársela al Diablo, la misma ya no pertenecerá a su especie.

G. K.

24 oct 2010

¡Que se vayan todos!. Relación entre Estado y gobierno.





Hay que separar al Estado del gobierno.

En el Indec, se da un caso paradigmático, donde técnicos expertos fueron echados por la fuerza, de sus ocupaciones profesionales, por parte de personas no idóneas que contaban con el aval del gobierno de turno, a fin de controlar la metodología por la cual se obtenían saberes de Estado, y de esta manera, falsear la información e instrumentalizarla.

La violación de la autonomía del Banco Central, constituye otro caso, donde los fondos de reservas son utilizados (saqueados) por el poder político de turno.

La partidocracia, al escuchar el grito del 2001 “¡Que se vayan todos!”, postulaba que ellos (los políticos partidocráticos), eran fundamentales para el funcionamiento del país. Si ellos se iban (todos), la Argentina caería en la anarquía.

En los casos que expuse, se evidencia que la Argentina cuenta con una burocracia estatal de expertos que se puede responsabilizar del funcionamiento del Estado, independientemente del poder político de turno: “Yo trabajo para el Estado, no para el gobierno”, puede decir orgulloso (y un tanto despectivo también) un funcionario de carrera.

“¡Que se vayan todos!” (la partidocracia), no implica el caos, sino la re-Fundación de la República que haga posible que los argentinos tomen la decisión de sepultar a esta oclocracia, y pensar en el sistema político que permita a los mejores argentinos alcanzar los puestos de decisión política.

G. K.

12 oct 2010

Tiempo cíclico / tiempo lineal.







6 oct 2010

Diario de un Magíster en Historia. Reseña Zimmerman: Los liberales reformistas.






Reseña:

ZIMMERMAN EDUARDO. Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina. 1890-1916. Ed. Sudamericana. Univ. de San Andrés. Bs. As. 2006.

El autor establece un ámbito de análisis que abarca, en lo cronológico, desde la crisis de 1890 a 1916. El punto de partida sería condición de posibilidad por el cual, una élite denominada liberales reformistas, aborda los distintos problemas (“la cuestión social”) que tendría que afrontar el orden liberal. Desde esta perspectiva, Zimmerman postula que habría un espíritu reformista que se iría manifestando en forma previsora, ante las diversas coyunturas sociales (y no desde la impronta de una reacción ante las mismas), al verse amenazado un orden público que era considerado como garantía de la prosperidad económica, como así también “un fundamento para un sistema político civilizado”.


La élite a la que hace referencia el autor, no estaría vinculada al sector terrateniente, a la plutocracia, sino a un sector de índole intelectual o académico, este último formado en las universidades locales, las cuales tenían un intercambio notorio con sus pares en el extranjero, a la vez que los contenidos mismos de diversas disciplinas académicas fueron transformándose a fin de afrontar los problemas sociales que se suscitaban en la Argentina. Es decir, las incipientes ciencias sociales se orientaron al estudio de problemas prácticos. Esta intelligentsia liberal y progresista, habría sido la artífice de la transformación y consolidación ocurrida en el Estado Argentino.


El autor describe el accionar de esta élite, pero no procede a definirla, para así posibilitar la diferenciación de otras élites similares, mediante la unidad en lo definido. Quizás el autor plantea y/o sostiene, en esta elección metodológica, las dificultades o imposibilidad de la definición en el estudio de las relaciones sociales (ciencias sociales), en tanto la definición según Aristóteles, trata sobre lo universal, es decir hay ciencia sobre lo necesario (nunca sobre la opinión), puesto que desde allí se manifiesta la causa.

Al referirse al trasfondo ideológico del reformismo liberal, el autor plantea que la cultura política del período concebida de manera homogénea, “no debe ser exagerada”, por lo cual se enuncia que la identificación con el laissez faire económico del liberalismo latinoamericano, no debe dejar de lado otros ámbitos de análisis del mismo, como el enfrentamiento con la Iglesia, en el proceso de secularización llevado adelante por el Estado liberal. Estas relaciones conflictivas entre liberales y católicos habrían alcanzado su punto álgido tras el Congreso Pedagógico de 1882, “y la consecuente sanción de la ley 1420 de educación en 1884”.

El autor sostiene –a través de las consideraciones de Estrada-que los católicos se opusieron a las políticas secularizadoras del Estado, aludiendo a las negativas consecuencias que tendría la concentración del poder, mediante la eliminación de instituciones sociales intermedias (“atomización social”). Asimismo, el autor hace referencia al movimiento social católico, el cual habría recibido un importante impulso con la encíclica Rerum Novarum de Leon XIII, a fin de abordar el estudio del movimiento obrero y sus influencias, sean socialistas o católicas. El autor –mediante la cita de textos de “La Semana”- menciona que los católicos criticaban el crecimiento exponencial del individualismo, es decir, los conflictos sociales tendrían como causa el deterioro de la ética, merced al proceso de secularización. También se hace referencia –mediante un texto de “Acción Democrática”-, a que la causa de la situación en el país se debía a una conspiración judeo-masónica, aunque el autor manifiesta que el movimiento social católico no siguió esa línea de análisis, sino que trato de atraer a los trabajadores hacia los Círculos obreros Católicos, y la participación de sus dirigentes en la legislación social.

La élite aludida, portadora del espíritu reformista, asumiría el proyecto de “regeneración social” frente a las problemáticas sociales, mediante la acción de un Estado, que procede a intervenir de una manera más activa, que la que podría suponerse en un Estado aferrado a la doctrina liberal. Es decir, en estas acciones (salud pública, viviendas, etc.) se comenzarían a redefinir las relaciones entre el Estado y la sociedad. En el Estado, las políticas contarían con una creciente participación de “expertos”, a la vez que de una creciente profesionalización de las funciones públicas.


El autor describe la influencia de la ciencia positivista en diversos ámbitos, entre ellos el derecho y la salud pública, describiendo y analizando sus derivaciones deterministas en lo referente a la “cuestión social”. Luego de explicitar el contexto de época, el autor procede a abordar lo que él denomina la “criminalización del anarquismo” a través del estudio de la criminología positivista, en especial la encabezada por Cesare Lombroso (que sostenía la concepción del crimen como una patología social o biológica que debía ser estudiada empíricamente, al margen de perspectivas metafísicas), a fin de comprender la necesidad de “la comunidad de imponer medidas de defensa social” y de preservar el “orden social”, en tanto se debía estudiar al criminal, y no al crimen mismo. Este capítulo, en tanto tiene como causa eficiente a los dos anteriores, constituye uno de los más logrados del libro, puesto que aquí se manifiesta y se sostiene una de las principales hipótesis mencionada al inicio: la previsión y no la reacción defensiva ante los problemas sociales (en este caso, los problemas generados por la inmigración y el anarquismo). Es decir, la exclusión del anarquismo (cap. VII) sería consecuencia de lo desarrollado en los capítulos V y VI, constituyendo una perspectiva infrecuente, de análisis sobre el tema. Por ejemplo, en la descripción de la fisonomía elaborada por el fiscal Beltrán en relación a Radowisky (responsable de la muerte del jefe de Policía Ramón Falcón en 1909), se puede apreciar la influencia lombrosiana en lo enunciado, por consiguiente, la acción a seguir en relación al anarquismo se daría en el ámbito de lo policial, no en lo político. Es decir, no se vincularía esta problemática a la discusión en la cuestión social, sino que debería excluirse a la misma, del “cuerpo social”, por tanto, esta “criminalización” del anarquismo es ubicada por el autor, como anterior a la Ley de residencia y a la posterior Ley de defensa social.

El autor sostiene que esta corriente liberal-reformista, busco constituir las condiciones necesarias, en tanto posibilito la incorporación de nuevas fuerzas sociales, para hacer posible una república de ciudadanos en la Argentina. En este sentido, concluye Zimmerman, la actitud de esta élite reformista, sería “claramente inclusiva”.


Las corrientes intelectuales provenientes de las ciencias sociales (el autor hace hincapié en la sociología), habrían erosionado los principios del liberalismo clásico en lo que respecta hacia el contenido de las políticas oficiales. Asimismo, el carácter científico aplicado a las políticas sociales, habrían impedido la confrontación ideológica con otros reformismos, en especial el propugnado por los socialistas.


Para finalizar esta reseña, el texto de Zimmerman, a través de las hipótesis que enuncia el autor, y la manera (por momentos brillante, como en el caso de los aludidos capítulos sobre el anarquismo) en que las sostiene a lo largo del desarrollo de su exposición; se puede advertir en todo ello, lo fascinante de un tema abordado desde una novedosa perspectiva de análisis sobre el período estudiado.

G. K.

1 oct 2010

Delenda est Sodoma. Será en un domingo sangriento





Recuerdo aquellos tiempos en que cursaba Historia Argentina IV, y no alcanzaba a comprender el bombardeo a la Casa Rosada en 1955.

¿Cómo podía ser posible que aviones de la Armada bombardearan nuestro propio suelo? No alcanzaba a comprender la dimensión del antagonismo, porque yo nunca había sentido algo semejante por otro argentino.

¿Qué sentía/pensaba un piloto argentino de la Armada, quien bajo la consigna de “Cristo Vence” se acercaba con su letal fuego purificador de bombas a la Plaza de Mayo?

Hoy, lo entiendo.

Al ver a Kretina y al Ojituerto al lado de Hebe de Bonafini, De Elía, Pérsico, Moyano, Verbitsky, los Fernández, Timmerman, y los bufones menores del circo: Maradona, Nacha Guevara, Florencia Peña, la Cherubito, y demás payasos; abogando por la demonización de todo aquel que se les ponga en el camino, sea el Campo, la Iglesia, Clarín, la Nación, el Ejército, el Banco Central, la Unión industrial Argentina, la Corte Suprema de Justicia, el carnicero de Mataderos, vos y yo, todos asesinos seriales, torturadores, genocidas, nazis, entes malévolos a los que es necesario destruir, mediante la instrumentalización de los “derechos humanos”, ente abstracto todo terreno.

Al ver el llamado desde la falopa del “Futbol para todos” a fin de convocar a la horda a
“tomar Tribunales” y linchar a los Jueces rebeldes, se evidencia el objetivo: Destruir a la República, liquidar a los poderes independientes que la componen, y convertir a la Argentina en un país de esclavos.

Mi vida es apacible, despreocupada, y en más de una oportunidad he sentido que no albergaba en mi corazón la capacidad de odiar, y sin embargo, si mañana apareciera sobre el cielo de la ciudad, un piloto de Super etendard con un misil Exocet dirigido hacia la Casa Rosada, y él me pidiera autorización para disparar, ¿cuál sería la razón para no hacerlo?

Lo que antes resultaba impensable, hoy se manifiesta como una opción sobre la que es necesario reflexionar, ¿cómo llegue a considerar posible una decisión tan terrible?

Es muy sencillo, el plan en ejecución metódico llevado adelante por la partidocracia, necesita la instauración del Odio entre los argentinos. El odio es el motor que posibilita el antagonismo visceral resentido, revanchista y envenenado de venganza, armado para arrasar las Instituciones de la República; y ante ello, no es posible encontrar un antídoto sin ensuciarnos las manos, y el antídoto es necesario, porque lo peor aún esta por venir.


G. K.

Delenda est Sodoma.