5 dic 2010

La ciencia, según N.





En nuestra época tal vez haya cinco o seis cerebros que comienzan a sospechar si la física no será más que nada un instrumento para interpretar y arreglar el mundo (una adaptación para nosotros mismos, si se nos permite decirlo) y no una explicación del universo; pero en la medida en que la física se apoya en la creencia de los datos de los sentidos, vale más, y seguirá valiendo más durante mucho tiempo que una verdadera explicación.

Tiene en su favor el testimonio de los ojos y los dedos, es decir, la vista y el tacto. En una época de gustos profundamente plebeyos tiene que ejercer una atracción fascinante, persuasiva, convincente; pues nuestro siglo adopta instintivamente las normas del sensualismo eternamente popular. ¿Qué hay claro aquí? ¿Qué es lo que parece “dilucidado”?

Ante todo, lo que se puede ver y tocar. Por tanto, es preciso llevar hasta este punto los problemas. Por el contrario, fue en la resistencia a la evidencia sensible donde residía precisamente el encanto del pensamiento platónico, que era un pensamiento aristocrático, propio de hombres dotados quizá de sentidos más vigorosos y exigentes que los de nuestros contemporáneos, pero que sabían paladear un triunfo superior permaneciendo dueños de sí mismos y arrojando sobre la turba abigarrada de los sentidos, como decía Platón, una red de conceptos pálidos, fríos y grises.

En esta manera platónica de dominar el mundo y de interpretarlo había un goce de una cualidad muy distinta a las que nos ofrecen los físicos de hoy o esos obreros de la fisiología, darwinistas y antifinalistas, con su principio del “mínimum de energía”, que es el máximum de estupidez. “Allí donde el hombre no puede ver ni tomar nada, no hay nada que buscar”; he aquí un imperativo muy distinto del de Platón, pero que conviene mejor a una raza dura y laboriosa de futuros mecánicos y de futuros ingenieros que sólo tengan que hacerse cargo de trabajos groseros.



Nietzsche. Más allá del bien y del mal. I, 14

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