3 mar 2009

Diario de un seductor. Episodio XIX. El re-encuentro




A veces uno pretende que en el re-encuentro, el bello cuento de hadas continué, trata de planear todos los detalles, ¡tiene que funcionar!, más no es así.

Un año en la vida de un filosofo, nueve meses y mellizos, un fin de semana de ascenso a la montaña imposible, tres años de tener solo ojos para el porvenir de esa meta anhelada, la acción absolutizada en un fin in-auténtico. No somos los mismos.

Dicen los cuentos tétricos, que las estrellas más brillantes nos alumbran con una luz de sepulcro, puesto que cuando nos alcanza su resplandor de radiografía, hace años que ya son agujeros en el cosmos que esperan nuestros huesos.

Semejante advertencia nos puede inducir a creer que una persona se ha desvanecido-apagado en el cosmos (y no me refiero a un cosmos de coordenadas trazadas por Hal 9000), puesto que hace años que no se piensa en ella; es decir, él no la encuentra en sus pensamientos.
Y sin embargo, lejos del plan, cuando sucede el inesperado, aunque crucial encuentro, una luz vuelve a encenderse, y desde el agujero en nuestros pensamientos emerge distante una luz -de vivos y refulgentes colores-, y nuestros recuerdos luchan por iluminarse con tal intensidad que bien podrían energizar a toda la ciudad.

En el re-encuentro, ellos no temen ser incomprendidos ante ese otro interlocutor que trata, con exactitud, entender aquello que rastrean los exegetas; más aún, brillan.
Les sonríe el alma, ante el concepto perfecto de lo indescifrable, de aquel que le explica a los profanos la sublimidad de sus expresiones en sofisticados manuales de bolsillo para la horda de epígonos.

Así sucede en los cuentos de hadas, el villano trata de naturalizar al carruaje-calabaza tirado por ratoncillos, en la certeza de que solo la naturaleza puede explicarse por sí misma; y por ello mismo espera que Hal 9000 le de la respuesta adecuada, porque fuera de ella no hay conocimiento, es decir, el ciego no sabe que esta ciego, puesto que la luz radiográfica de sepulcro no puede iluminar a la ceguera.

Los incomprendidos al brillar, no miran de reojo a Hal 9000 para decir lo que tienen que decir, más bien creen en ello. No temen las risas, porque ellos mismos no se toman muy en serio, más bien les agrada la pasión con la que llevan adelante sus fascinantes asuntos, y por ello mismo les resulta divertido.

continuará…

G. K.

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