8 nov 2008

SEÑOR DEL MUNDO. Episodio II








Luego de la destrucción de Roma, los últimos católicos conocían que su Pontífice todavía vivía en alguna parte bajo el nombre de Silvestre; y con esto y los sacramentos vivían tranquilos.
….de toda la raza humana, trece personas sabían que su nombre había sido Franklin; y que el trono de Pedro estaba en Nazareth.
Era como un escritor había dicho un siglo antes: el catolicismo sobrevivía, pero nada más.

Su vida interior…….




Él se reclinaba ahora en su silla de madera, pensando con los ojos cerrados. Su vida interior……




No podía describírsela a sí mismo en forma clara, porque apenas le prestaba atención: obraba en vez de examinarse. Pero el núcleo de su estado era la pura fe. Su pensamiento seguía siendo que la Religión Católica daba la única explicación adecuada del universo; que no abría todas las incógnitas, pero sí mucho más que cualquier otra llave conocida.



Sabía también perfectamente bien que era el único sistema de pensamiento satisfactorio en su conjunto, que daba cuenta del hombre en toda su naturaleza. Veía bastante claro que su fracaso en el unir los hombros unos con otros, radicaba no en su debilidad sino en su fuerza; que había sido rechazada y no usada, justamente porque sus líneas se unían no en lo temporal sino más allá. Y con esto, por otro lado, él….creía.

Pero sobre este sustrato firme había otros estados de ánimo cuyas variaciones estaban fuera de su control. Tenía días de pesadez y días de exaltación; y lo curioso era que en los días de pesadez NO SE EQUIVOCABA NUNCA.

Se veía a sí mismo y a sus compañeros como Pedro y los apóstoles se pudieron ver a sí propios, cuando proclamaban a los cuatro vientos, en sinagogas, suburbios, plazas públicas, mercados y casas de familia, la fe que había de sacudir y transformar al mundo.

Era verdad radiante, no importa que ningún hombre la admitiera: la montaña aplastante de incredulidad no podía destruir un hecho que era más duro que el diamante, como el sol en los cielos para un mundo de ciegos.

…..Ya no era que el mundo entero no hubiese oído el mensaje del Evangelio con todas sus nuevas y pruebas; no había oído casi otra cosa durante dos mil años…..y lo había declarado falso.




….era una causa perdida por la cual estaban sufriendo; él no era el último de una augusta dinastía, sino el pabilo fétido de una candela de locura: era la reducción al absurdo de un silogismo ridículo de premisas imposibles. Él y sus compañeros eran los cuiquillos castigados con orejas de burro, de rodillas en un rincón de la escuela; la cordura se sentaba en los sólidos bancos del materialismo…

Una sola cosa, al menos en cuanto él podía ver, le daba el poder de continuar: su oración.




….y allí Dios trataba con él, ahora con una sentencia inteligible, ahora con una espada de pena, ahora con un airecillo como la vivifica brisa del mar; algunas veces después de la Comunión, otras veces al ir a dormirse, e incluso en el remolino del trabajo. Sin embargo, estos toques resbalaban en la superficie de su conciencia; poco rato después, a veces, estaba luchando de nuevo con los importunos duendes de su discurso y su imaginación.




Y así estaba ahora allí, en su silla, resolviendo las impertérritas blasfemias que acababa de leer. Su cabello blanco era ya ralo en sus doradas sienes, sus manos eran casi transparentes, y su rostro juvenil estaba afiliado y hundido por las penas.




Había pasado una hora así, y el sol había remitido su rigor cuando sonaron afuera las pisadas de los caballos en el patiecito enlosado. Entonces se levantó, deslizó los pies en las sandalias y alzo el poncho árabe del suelo –al abrirse la puerta y entrar el preste cenceño.
-Los caballos, Santidad –dijo el árabe con indiferencia.


…..El Papa levantó la diestra a sus ojos y después se la pasó por la cara.
Indicó con el mentón un borroso parchecito de casitas blancas que parapadeaban a través de la neblina violeta del crepúsculo.
-Aquel lugar, Padre –dijo-, ¿cómo se llama?
El preste sirio miró allá con vivacidad, volvió el rostro al Papa, y miró de nuevo.
-¿Aquello entre las palmas, Santidad?
-Sí.
-Aquello es Meggido –dijo-; algunos lo llaman Armaggedon…



Robert Hugh Benson

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