9 nov 2008

Diario de un seductor. Episodio XV. Una noche en el Hard Rock Café.




Un paseo por el Hard Rock…..
…..no sé porque elegí ese lugar de estética consumista, para nuestro primer encuentro, quizás había recordado el nombre de la bandita que esa noche tocaba allí, en el homenaje a la nostalgia de sus pasados años de gloria; y que tal vez, ella había mencionado en alguna oportunidad. Aunque confieso que no estaba seguro.

-¿Y estos quienes son?, pregunto desconcertada.

Sabía que responder con exactitud, restaba; puesto que ello evidenciaría que vivíamos en universos distintos, así que me sume al desconcierto con mis más logrados gestos de asombro e indignación.
Ella pidió un mojito, y me comentó que en su cumple de quince, le habían regalado un viaje a la Isla, y que allí todos los días se bebía ese cóctel de ron y azúcar, al cual se había aficionado, y que yo detestaba. Sin embargo, pedí lo mismo.

Ella sabía que yo intentaba seducirla; y mientras la charla avanzaba, utilizo una de mis técnicas más sofisticadas: la tomo de la mano.

Siento que sus dedos se mueven indecisos debajo de mi mano, aunque ella deja que continué la velada como si no fuese consciente que la situación ha cambiado, puesto que el protagonista ahora soy yo, aunque surge la cuestión: ¿he transformado a ella en un mero objeto sexual? ¿Acaso no había planeado esta salida para llegar a este momento? ¿Estaba actuando de mala fe?

“…sabe muy bien las intenciones que el hombre que le habla abriga respecto de ella. Sabe también que, tarde o temprano, deberá tomar una decisión. Pero no quiere sentir la urgencia de ello: se atiene solo a lo que ofrece de respetuoso y de discreto la actitud de su pareja. No capta esta conducta como una tentativa de establecer lo que se llama “los primeros contactos”, es decir, no quiere ver las posibilidades de desarrollo temporal que esa conducta presenta: limita ese comportamiento a lo que es en el presente; no quiere leer en las frases que se le dirigen otra cosa que su sentido explícito, y si se le dice: “Tengo tanta admiración por ud…”, ella desarma esta frase de su transfondo sexual…”

Ella sabía que siempre habría alguien que se le acercaría, puesto que era una mujer hermosa; pero ello no implicaba que no se sintiera sola, se había sentido un objeto sexual demasiado tiempo, un reluciente trofeo.


Antes de asumir mi protagonismo, ella había consentido en aceptar mi invitación, a que yo fuera una persona ante el gran escenario de su vida poblado de fantasmas.


Napoleón decía: “se le puede dar un primer impulso a las cosas, luego ellas nos arrastran”. La cuestión era tomar el riesgo de conocer a alguien, porque todos en última instancia queremos ser de alguien, ¡todos queremos conocer la santidad del amor!, y esa cuestión metafísica es lejana al nomadismo absurdo de la cosificación sartreana:

“…la joven abandona su mano, pero no percibe que la abandona. No lo percibe porque, casualmente, ella es en ese instante puro espíritu: arrastra a su interlocutor hasta las regiones más elevadas de la especulación sentimental; habla de la vida, de su vida, se muestra en su aspecto esencial: una persona, una conciencia. Y, entre tanto, se ha cumplido el divorcio del cuerpo y del alma: la mano reposa inerte entre las manos cálidas de su pareja: ni consentidora ni resistente: una cosa".

Todos queremos ser de alguien, lo cual no implica “sujetar al otro”, el “objeto fascinante” sartreano que atrae y retiene la mirada, en tanto orienta Su libertad hacía mí. Alguien podría suscribir esto, si fuera masoquista por anhelar ser un juguete en manos del otro, una cosa.
Todos queremos ser de alguien, y lamentamos cuando paso el tren, y no hicimos nada, no nos arriesgamos, sobre aquella doncella que nos sostuvo y devolvió una mirada de hechizo.

Ella deslizo su mano debajo de la mía, que la contenía, para luego estrecharla con fuerza y decisión, mientras entonaba la letra de la canción que nos alcanzaba desde el escenario: “….si te estas sintiendo sola, me podes venir a ver….”

Llame a la “señorita”, que cumplía el rol de camarera (quien solo por unas horas asumía su rol, y lo hacía con esmero y no de “mala fe”) para pedir otra copa, esta vez, un buen vino, para dos.

Mire la mesa del fondo, la más cercana al baño, y allí, un hombre entrado en años, contemplando su copa, el color castaño de su bebida parecía decir
……"de sobra, el castaño ante mí. Y yo, abúlico, débil, obsceno, dirigiendo, acariciando melancólicos pensamientos, yo también, estaba de sobra”.

Sí, Sartre estaba de sobra en el Hard Rock Café, al menos esa noche.


G. K.

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