17 may 2009

El Apóstol del sentido común.




Es curioso este blog, muy de vez en cuando se escribe aquí sobre Chesterton, a pesar de los reiterados reclamos.

Sin embargo, los homenajes se realizan más a menudo de lo que uds. sospecharían.


Lugar: Ciudad de Buenos Aires. Aula del JVG (Octavo piso).

Escena: La clase de “Filosofía” ha finalizado, nos encontramos en la vigilia-ceremonia post-clase, prestos a tomar un capuchino o retirarnos a algún lugar secreto donde, cual Fedro, elevar aquella plegaria socrática que nos inmunice de las bacterias ideológicas, “concédeme ser bello en mi interior”.


Irrumpe en el aula la Profe de aquella cátedra que aún no me ha perdonado el hecho de que haya tratado de demostrar que ella era en realidad socióloga en vez de Filosofa (hasta suena extraño el término femenino aplicado a lo segundo, en contraposición a la perfecta adecuación al primero).


Profesora Derridiana (indignada): ¡Chester! ¿Sabe qué? En persona, me cae bien, pero sus intervenciones virtuales, sus comentarios, sus escritos,…. ¡me irritan!

Chester (pensando: si no fuera socióloga en una de esas la invito a almorzar): Lo mismo le sucedía a la gente en tiempos de Sócrates.


Prof. Foucaultiana: ¿Acaso ahora se cree Sócrates?


Chester (risueño). “Tengo al mundo en lo que es, un gran escenario donde todos tenemos un papel”, y el mío, mi estimada, no es el de una persona irritada. Dicen que la ironía socrática llevaba a algunos hacia la humildad, y a otros los volvía soberbios e irritados, como esos muchachos de la Caverna que se irritaron ante aquel que canto un poema verdadero puesto que su piel había sido dorada por el calor del Sol, y ellos solo estaban habituados a una poética epidérmica, accesoria, superficial, sin brillo ni luz.


Prof. Lyotordiana (algo ofuscada): ¿Me esta diciendo soberbia? Ud. lo único que sabe hacer es descalificar, ¡acusar con el dedo a todas las cátedras del Instituto!



G. K.: No a todas, solo a las cátedras joaquinvergonzalistas, no sé porque se siente aludida.

Dicen que a Sócrates, el dainmon lo admonizaba de forma permanente sobre cual era el lugar que debía ocupar; el “aguijón en la carne” diría el Apóstol….En este caso, estimada, mis palabras solo siguen aquel sentido común del que hablaba Chesterton.


Continuará…

G. K.

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