La camarera nos trae las copas de vino, no son necesarias las especificaciones; la marca habitual de nuestra preferencia, junto a los rectángulos y cuadrados de queso y jamón; algunos maníes y aceitunas. Es decir, lo empírico de las unidades de medida y peso (300 grs, 2 litros, 2 cm. x 3 de lado y tanto de superficie), nos son dadas, ella no necesita interpretación.
Distinto sería, si se nos ofreciera música a la Carta, aunque solo hubiese un par de opciones en mp3, las interpretaciones serían infinitas. Bach no es algo que nos es dado. Lo trascendente no puede ser contenido en unidades de peso y medida.
La representación de Bach, interpretada en ritmo de “cumbia villera” por los “Pibes chorros” de “Fuerte Apache”, u otra por parte de la Sinfónica de Viena, se acercan, buscan su validación en Bach (quizás una más que la otra, incluso si una de ellas establece una “tradición”de interpretación), aunque ambas serán imperfectas en relación a lo que denominamos: Clásico.
Decía Aristóteles en su Poética, que “Homero representa a los hombres mejores de lo que son”. (cap. II, 1448 a), se refería a lo paradigmático.
El maestro del Liceo estableció una gradación: la poesía es más filosófica que la historia, lo que implica reconocer a ambas este carácter.
El proceso de mímesis consiste, precisamente, en componer un modelo particular-concreto capaz de ser válido para otros individuos concretos en virtud de las relaciones de semejanza o analogía. Un hecho de la historia, como hecho particular es contingente; en cambio, un mímema, que como tal es mímesis de una acción, asume un valor virtual al referir, no solo qué hizo un individuo en determinada oportunidad, sino las posibilidades de ser considerado válido para ulteriores casos análogos.
¿Es aceptable considerar válida la respuesta mimética de Don Quijote ante la encrucijada a la que se enfrentaba la Cristiandad frente a los hombres de la Media Luna?
“Entonces no queda más que un solo medio para salvar España”. “El único medio es que Su Majestad Cristianísima haga un llamado a todos los caballeros andantes”.
El influyente filósofo (de erudición notable, soberbia, casi intimidante) Gadamer -luterano adherente a la ontología de la presencia -en “Verdad y Método”-, en su concepto de “representación”, diría, en primera instancia, que el mismo equivale a manifestación o interpretación, luego, por una parte, agregaría que la representación no crea a Don Quijote. Existió alguna vez un hombre llamado Cervantes, que escribió el Quijote (como Bach compuso el Ave María), y ese es el Quijote ideal, pero en realidad, Don Quijote de la Mancha no existe más que en cada representación que hacen de la composición los diversos actores en sus interpretaciones de teatro.
La verdad del Quijote no es ideal, sino que se manifiesta en las diversas interpretaciones.
En otras palabras, para los adherentes a la “ontología de la presencia”, el varón Don Juan Manuel de Rosas, sería más “sí mismo” (“verdad”) en un cuadro pintado ayer en San Telmo, que aquel día de 1852, donde en la mímesis de su acción, se aprestaba en Caseros a enfrentar a los enemigos de la Santa Confederación Argentina, subvencionados en el oro liberal de la pérfida Albión, a la cual, valga la amenaza, ya le arreglaremos las cuentas.
Desde lo trascendente, lo paradigmático, el mímema, la respuesta de Don Quijote es válida, y lo atestigua la contestación de un humilde muchacho de barrio en el siglo XXI frente a una situación análoga:
"…si su Majestad Cristianísima hiciera un llamado a los últimos Caballeros andantes de la Cristiandad para enfrentar a sus enemigos en santa cruzada, como en aquellos tiempos de Urbano II frente a la Media Luna, o Inocencio III frente a los gabachos albigenses, o en los tiempos de Juan Pablo II frente a los zurdos sandinistas, o quizás mañana, Benedicto XVI ante la batalla final…"
G. K.
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