2 sept 2007

LOS ECOS DE UNA CONTROVERSIA. LA DEMOCRACIA (II)

Ni que decir tiene la mención al mal del relativismo, incansablemente señalado por Juan Pablo II y por Benedicto XVI como la peligrosísima compañía natural de la democracia. Hasta tal punto que desde la Centesimus Annus, por ejemplo, el grito de alerta por esta nociva coyunda, ocupa páginas de notable precisión doctrinal[1].

C - No hay una teología clasista en el origen de la democracia, según la cual, ella habría visto la luz para asegurar el igualitarismo entre los hombres, poniendo a Zeus por garante.
Zeus era deidad aristocrática y regia, custodio de las férreas jerarquías terrenas y celestes, protagonista de largas y bizarras contiendas con las que conquistó el poder, arrebatándoselo a Crono y a los Titanes, rodeado siempre de héroes singulares para restablecer el orden en el mundo después de la revuelta democratista y atea de Prometeo[2]. Ese Prometeo, que a fuer de demócrata y humanista, Carlos Marx ubicó “en el primer lugar entre los santos y los mártires del calendario político”, mientras el viejo Esquilo lo posicionó donde cuadra, en los desiertos de Escitia, en una alta montaña caucasiana, purgando el dolo de su hybris.

Antes que en la lumbre perpetua de los dioses, es en la sordidez de los sofistas, en el torpor de los demagogos, en la codicia de los plutócratas y en la prepotencia de los tiranos, donde hay que buscar la fragua de la hediondez democrática. Lejos de asegurar la justicia social, decuplicó la esclavitud, hasta industrializarla, como lo aconsejaba Jenofonte en Las Helénicas; y los esclavos trabajaron hasta morir
[3].
Lejos de asegurar la igualdad, ejerció la prepotencia y la codicia sobre las polis sojuzgadas y dominadas; algo de lo que da prolija cuenta Tucídides en la Historia de la Guerra del Peloponeso. Antes de “respetar ciertos límites y de evitar ciertos excesos”, no dejó desmesura por cometer ni agravio por infligirle a la desventurada Diké. Como los que registra Eurípides en Las Troyanas, o el precitado Tucídides cuando narra las matanzas cometidas por el partido demócrata de Corcira en el 425 A.C, y la subsiguiente profanación del templo de Hera[4]. Repasar la historia de la democracia en la Hélade, y releer a aquellos sabios que la llamaron impura, es ejercicio doliente pero sensato.
Haciéndolo, nos encontraremos, verbigracia, con el democrático tribunal que condenó al inmenso Sócrates a la muerte. El contraste nos impedirá equivocarnos. De un lado, la iniquidad de las asambleas populares. Del otro, la innumerada y prefiguradora estación del via crucis.
De un lado, el asesinato multitudinario de la Verdad. Del otro el martirio solitario e inacallable del señor de la inteligencia. Naturaleza herida y vulnerada por el pecado, la creatura ha encontrado siempre en la democracia el mejor caldo de cultivo para desfogar sus bajezas, amparada en el anonimato de las masas rugientes.

D.- Bien estará que elogiemos de Solón su afán equitativo. Pero nada hay en su espíritu y en su obra que lo asocie al plebeyismo y al igualitarismo democráticos, ni mucho menos a la actitud sacrílega e impía de aquella condenada forma de gobierno.
El viejo arconte, prestigioso eupátrida, y descendiente del rey Codro, era un genuino aristócrata; y por eso mismo un realizador del bien común. Su respuesta a Creso de Sardes –maravillosamente narrada por Heródoto[5]- prueba que los arquetipos de conducta que movilizaron sus afanes políticos, no eran los hombres vulgares, materialistas y ramplones del demos o de la plebe insolente, sino Telo de Atenas, junto a Cleobis y Bitón de Argos. Si el primero había caído en defensa de la patria, viviendo fielmente a los principios pedagógicos rectores del hogar y de la fe, los segundos habían servido hasta la muerte los mandatos de la divinidad, a cuya custodia su propia madre los consagrara.

Ningún elogio en cambio merecerá Tersites, a quien Germán Flores toma por un benévolo “hombre de pueblo”, y que en las páginas homéricas irrumpe cual el emblema perfecto de la monstruosidad democrática, como lo es el Calicles de los diálogos platónicos, llamado sujeto infilosófico por Pieper. A diferencia del verdadero hombre de pueblo, que sentíase honrado de presenciar las hazañas de los héroes –sabiéndose su testigo,no su partenaire-, Tersites las desdeña con rencor de alma contrahecha y ruin, representada en su deforme giba, sobre la que deja caer Ulises el bastonazo justiciero. Hegel se ha ocupado de darnos una valiosa interpretación de este personaje, y nosotros mismos hicimos referencia a su significado en una obra ya lejana
[6].

De Hesíodo y de Esquilo tampoco podrá decirse que fueron demócratas sinceros. Cierto que, como Solón, le cabe al primero la magnanimidad de propender a la realización de un orden más justo. Pero no será la democracia la que lo instaure –cuyo retrato desolador queda hecho en la descripción de la edad de hierro de Los trabajos y los días- sino una raza de hombres piadosos y valientes, por mejor nombres:héroes.
Entre otros atributos de sus esforzadas vidas, la proximidad con la reyecía de los dioses los incontamina de cualquier igualitarismo ramplón. De Esquilo –cuyo significativo Prometeo ya mentamos- ha quedado su ejemplo combatiente –el de la areté agonal de los caballeros, tan lejos,¡ay!, del pacifismo democrático-, pero han quedado también Las Euménides y Los siete contra Tebas, que no son precisamente un loor a las democráticas maneras políticas.

Concluyamos afirmando que, antes de que el magisterio católico nos permitiera forjar una recta y sabia arquitectura política, el mundo antiguo ya sabía y afirmaba explícitamente que la democracia era la corrupción de la República. Ya sabía y afirmaba, por intermedio de sus hombres eminentes, que tanto como forma de gobierno, como espíritu, cosmovisión, criterio, organización social o perspectiva jurídica, adolecía la misma de un ingénito desquicio: el de la rebelión prometeica de las muchedumbres, conducida por hábiles demagogos, contra el nomos divino y su influjo benéfico en el ordenamiento de las ciudades. Era, como lo ha sintetizado Popescu, una anti-religión.

[1] Cfr. Juan Pablo II, Centesimus annus, principalmente capítulo V.
[2] Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Barcelona-Buenos Aires-México, Paidós, 1994,art. Zeus.
[3] H.D.F.Kitto, Los griegos,Buenos Aires, Eudeba, 1982,p. 182
[4] Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, Madrid, Hernando, 1967,v.II, p. 84 y ss.
[5] Heródoto, Los nueve libros de la historia, Buenos Aires, El Ateneo, 1968, v.I, p. 107 y ss.
[6] Federico Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Madrid, Revista de Occidente, 1974, p. 79-97, y Antonio Caponnetto, Los arquetipos y la historia, Buenos Aires, Scholastica, 1991, p.119-121.

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