

Las teorías generales son menospreciadas en todas partes: la doctrina de los derechos del hombre es tan desacreditada como la doctrina de la caída del hombre; el ateísmo nos resulta hoy demasiado teológico; la revolución tiene demasiado de sistema; la libertad misma tiene algo de estrechez. No aceptamos generalizaciones. Bernard Shaw lo ha dicho en un epigrama perfecto: «La regla de oro es que no hay regla de oro» (The golden rule is that there is no golden rule). Discutimos más y más los detalles de arte, política, literatura. Importa la opinión de un hombre sobre los tranvías, importa su opinión sobre Boticelli; pero su opinión sobre todas las cosas no importa. Puede dedicarse a explorar un millón de objetos, pero no tocará aquel punto singular, el universo; porque si lo hace tendrá que admitir una religión, y estará perdido. Cualquiera cosa importa, excepto el todo.
Apenas se necesitan ejemplos de esta absoluta ligereza sobre la filosofía cósmica. Apenas son necesarios para probar que, pensemos lo que pensemos sobre los asuntos prácticos, no creemos importante que un hombre sea optimista o pesimista, cartesiano o hegeliano, materialista o espiritualista. Tomemos al azar un caso.
En una reunión de café oímos decir fácilmente: «Esta vida no vale la pena de vivirse». Lo oímos como oímos decir que hace un hermoso día: nadie considera que ello pueda ejercer ningún efecto de importancia sobre el hombre o sobre el mundo. Pero si esa expresión llegara realmente a aceptarse, el mundo andaría de cabeza. Se premiaría con medallas a los criminales por librar de la vida a los humanos; se perseguiría a los hombres porque libran a las personas de la muerte; se emplearía el veneno en lugar de la medicina ; llamaríamos a los médicos cuando estuviéramos sanos; las sociedades de salvamento de náufragos serían consideradas como hordas de asesinos. Pero nunca nos preguntamos si el charlatán pesimista refuerza o desorganiza la sociedad, porque estamos convencidos de que las teorías no importan.
Nunca ha habido menos discusión acerca de la naturaleza del hombre que en esta época, en la que, por la primera vez, todos pueden discutirla. Las antiguas restricciones implicaban que sólo los ortodoxos podían discutir la religión. La libertad moderna significa que nadie puede discutir nada.
Hay, sin embargo, algunas personas —yo soy una de ellas— que creen que la cosa más práctica y más importante acerca de un hombre es su idea del universo. Creemos que para una patrona que recibe a un huésped es cosa importante que sepa su sueldo, pero es más importante aún que conozca su filosofía. Creemos que para un general que va a entrar en batalla es importante que sepa el número de fuerzas enemigas, pero es más importante aún que conozca la filosofía del enemigo. La cuestión no es averiguar si la teoría del cosmos afecta a los asuntos, sino más bien si, a la larga, hay alguna otra cosa que los afecte.
La teoría de la amoralidad del arte se ha asentado firmemente en las clases estrictamente artísticas. Son libres para producir lo que gusten. Son libres para escribir un Paraíso Perdido en el que Satán tiene que conquistar a Dios. Son libres para escribir una Divina Comedia en la que los cielos tienen que estar bajo el piso del infierno. ¿Y qué han hecho? ¿Han producido en su universalidad algo más grande y más bello que las cosas dichas por el indómito católico gibelino, por el austero maestro de escuela puritano? Sólo sabemos que han producido unas pocas redondillas. Milton no les derrota meramente en su piedad, les derrota en su irreverencia. En todos sus mezquinos libros de versos no podría encontrarse mejor reto a Dios que el de Satán.
Ni tampoco se encontrará el esplendor del paganismo sentido como lo sintió aquel cristiano indómito que Faranata describió levantando la cabeza en desdén del infierno. Y la razón es muy obvia. La blasfemia es un efecto artístico, porque la blasfemia depende de una convicción filosófica. La blasfemia depende de las creencias y se desvanece con ellas. Si hay quien dude de esto, que se ensimisme de verdad e intente pensamientos blasfemos acerca de Thor. Creo que su familia le encontrará al cabo del día en estado de agotamiento.
Por estas razones, y por muchas más, he llegado de una vez a creer en el regreso a lo fundamental. Tal es la idea general de este libro. Deseo contender con mis colegas más distinguidos, no personalmente o en modo meramente literario, sino en relación al verdadero cuerpo de doctrina que enseñan. No me inquieta míster Rudyard Kipling como artista intenso ni como personalidad vigorosa; me inquieta como hereje, es decir, como hombre cuya visión de las cosas ofrece la temeridad de diferir de la mía.
No me inquieta míster Bernard Shaw como uno de los hombres más brillantes y uno de los hombres más honrados que hoy viven; me inquieta como hereje, esto es, como hombre cuya filosofía es completamente sólida, completamente coherente y completamente equivocada. Vuelvo a los métodos doctrinales del siglo XIII, inspirado por la esperanza general de dejar hecho algo.
CHESTERTON. "HEREJES". cap. 1. 1905.
2 comentarios:
"El peligro no es el bolchevismo, pues ya se ha experimentado y la mejor manera de destruir una utopía es instituirla. La consecuencia más clara del bolchevismo es que el mundo moderno no lo copiará. El peligro venidero tampoco consiste en una nueva guerra, aunque la próxima tendrá lugar cuando Alemania intente juguetear con la frontera de Polonia. El peligro que se acerca es la superproducción intelectual, educacional, psicológica y artística que, al igual que el exceso de producción en el terreno económico suponen una amenaza para el bienestar de la civilización contemporánea. La sociedad está inundada, cegada y ensordecida por una riada de exteriorizaciones vulgares y de mal gusto, que paraliza intelectualmente al hombre y no le deja tiempo libre para el ocio, el pensamiento o la creación desde su propio interior."
Conferencia en Toronto, Canadá, año 1930.
Conferenciante : Gilbert Keith Chesterton
Hace años que tengo esta genialidad guardada en la biblioteca, pero ahora la puse con la máquina y luego recortar y pegar, quiere decir que estoy para el Sillicon Valley, cosas mayores que le dicen. Ya me estoy inflando. Bien, una de las primeras novelas que leí en mi vida, "La Esfera y la Cruz", por supuesto se me escapó su mensaje porque era un párvulo, pero luego, este obeso escritor me ha deleitado y sobre todo sus pensamientos, sus deducciones, en fin, debo admitir que a pesar de ser inglés, también es un ser humano...
No se si conocía usted esta nota, pero supongo que si, porque en parte este blog es como una especie de fan club, nada más que en lugar de Elvis, está nuestro querido gordo.
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