Al llegar de mi jornada laboral, mi gato Agatón luego de sus largas siestas, suele salir al jardín a tomar aire fresco, estirar sus patas, perseguir a los pájaros y a las gatas del vecindario.
Cuando negra nube de amenaza de tempestad cubre la ciudad, Agatón fija su mirada en el firmamento, eleva sus bigotes hacia el cielo, y toma su decisión: salir al jardín o no salir. Si elige lo primero, aunque los meteorólogos anuncien un “Alerta de tormenta”, no lloverá.
Agatón, con su actitud felina emite sentencia: “¡Hoy, nadie se mojará!”
Entre las personas que frecuento en mis jornadas de aventuras diarias, sean avezados doctores en Epistemología o personal administrativo, ocurre algo similar a lo que sucedió con el célebre pulpo Paul.
Ellos creen, ellos quieren creer; y cada vez que se comprueba el acierto del gato, noto cierta felicidad de certeza en el ambiente, un festejo de Fe secularizado, algo así como el “salto de Fe a lo Indiana Jones en la “Última cruzada”: “Agatón me salvó de tener que estar con el piloto encima todo el día”, “El gato posibilito mi fin de semana soleado en la costa”
A medida que la leyenda se extiende, las consultas a mi celular sobre la decisión de Agatón, han crecido de manera exponencial, y no falta mucho para que comiencen a enviarle ofrendas.
Continuará…
G. K.
26 sept 2010
El gato Agatón y el pulpo Paul, los teólogos para Nueva Sodoma.
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