El demoníaco ojituerto (la cara lo vende), una vez más emprende sus críticas para con la Iglesia, y esto es solo el comienzo. Llegará el día en que los colegios católicos deban aceptar por “Ley” de la mayoría, que un porcentaje de los profesores sean sodomitas. Llegará el día en que el Inadi le exija a la Iglesia que no discrimine a un travesti y le permita ordenarse como sacerdote. Llegará el día del aborto, de la eutanasia, de la manipulación genética que genere nuevos apartheids de razas superiores.
El monstruoso mono Maligno del inframundo ha conseguido, desde el iluminismo, una concatenación de consecuencia lógicas que no pueden sorprendernos, desde las advertencias de De Maistre y De Bonald.
No hay más que prestar atención a los rasgos somáticos, la expresión fisonómica de aquellos que por las calles de la ciudad, persiguen y aterrorizan a los cristianos que rezan el rosario en público (así lo hicieron los homosexuales para con los católicos reunidos frente al Congreso, quienes protestaban ante la promulgación del homomonio) o se atreven a llevar crucifijos.
Las gentes se rasgan escandalizadas las vestiduras al escuchar hablar de Satanás, y sin embargo, no creen que ese ente maligno exista. No creen, pero se indignan, como si hubiese algo oculto que pretende seguir en las sombras, que corre las cortinas de las ventanas ante el inminente amanecer, que responde con una mueca de siniestra sonrisa que siempre niega, mientras les ofrecen a sus hijos la pedagogía de los brujos y Ogros verdes en las vacaciones de invierno.
G. K.
El monstruoso mono Maligno del inframundo ha conseguido, desde el iluminismo, una concatenación de consecuencia lógicas que no pueden sorprendernos, desde las advertencias de De Maistre y De Bonald.
No hay más que prestar atención a los rasgos somáticos, la expresión fisonómica de aquellos que por las calles de la ciudad, persiguen y aterrorizan a los cristianos que rezan el rosario en público (así lo hicieron los homosexuales para con los católicos reunidos frente al Congreso, quienes protestaban ante la promulgación del homomonio) o se atreven a llevar crucifijos.
Las gentes se rasgan escandalizadas las vestiduras al escuchar hablar de Satanás, y sin embargo, no creen que ese ente maligno exista. No creen, pero se indignan, como si hubiese algo oculto que pretende seguir en las sombras, que corre las cortinas de las ventanas ante el inminente amanecer, que responde con una mueca de siniestra sonrisa que siempre niega, mientras les ofrecen a sus hijos la pedagogía de los brujos y Ogros verdes en las vacaciones de invierno.
G. K.
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