Llego una hora antes del inicio del curso. Decido almorzar a des-hora, y me dirijo al patio de comidas –después de todo, me encuentro en un shopping devenido en Universidad-.
Me encuentro con los fast food de ingeniería social americana; descarto sentarme allí, donde todas las mesas son iguales –como fichas de un juego de damas-, las gentes eligen el mismo menú –puesto que las opciones son solo un juego de marketing-, y nada se eleva ni nada se rebaja. Semejante igualitarismo desangra mi corazón, me entristece, y debo confesarlo, extraño aquel restaurante de Antiguo régimen, donde un individuo –no un consumidor- podía aspirar a que se le prepare algo especial.
Resuelto a no uniformarme, camino solo unos pocos pasos y me encuentro con menúes japoneses, mas delicados, escritos con primoroso cuidado -mesas con lámparas de pantallas de papel pintadas a pulso. Encuentro elaboración minuciosa en el detalle, alguien le puso mucho amor a lo que realizo. De todas maneras, a mí no me mueve un pelo esta estética oriental, como no me emociona demasiado el cortejar a una geisha, ni beber sake en un diminuto recipiente para abrevar gatos; prefiero una pelirroja pechugona o una morocha de anchas caderas y una copa rebosante de vino tinto de Mendoza.
Demasiados turistas –coagulados en esa inmensa superficie interconectada de escaleras mecánicas de las Galerías Pacifico-, pueden hacer que uno pase hambre en el corazón mismo de tu propia ciudad, devorado por una ulcera de cosmopolitismo impersonal de muchedumbres groseras que deambulan en el hormiguero.
G. K.
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