14 feb 2010

300. La Iniciación.




Cuando el niño nació, como todo Cristiano fue examinado. Si hubiese nacido pequeño, zurdo, racionalista de alma incapaz de apreciar el poema de la Creación o raquítico de espíritu, enfermizo o deforme; habría sido descartado.

En cuanto pudo mantenerse en pie, fue bautizado en el noble arte del combate. Le enseñaron a no retirarse jamás, a no rendirse jamás. A que morir en el campo de batalla, al frente de la última carga de Caballería al servicio de Dios, era la mayor gloria que podía alcanzar en vida.

A los siete años, como era costumbre en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, el niño fue apartado de su madre, y sumergido en un mundo de violencia, un mundo respaldado por cientos de años de tradición, por una sociedad de guerreros, que forjaban los mejores soldados que jamás hayan existido: la Agoje, como se la conoce.

Obligaban al niño –llevado a la escuela estatal pública infestada de maleantes de toda índole- a luchar, a pasar hambre, al autosacrificio… y si era necesario, a matar a las criaturas malignas.

Castigado a golpes de vara y látigo, le enseñaron a no mostrar dolor, ni piedad; le ponían a prueba continuamente, y le abandonaban a su suerte, dejando que midiera su ingenio y determinación con la furia de los sofistas, zurdos, kantianos, hegelianos y demás carroñas, en la que se embebía la naturaleza academicista del Instituto que lo rodeaba.

Esa era su iniciación, lejos de la civilización.

Y volvería junto a su pueblo como Cristiano… o no regresaría.

El lobo rojo empieza a girar alrededor del chico, las zarpas implacables como el acero, el pelo negro como el azabache, los ojos ensangrentados, dos rubíes en la mismísima boca del infierno. El gigantesco lobo olfatea, saboreando el olor del inminente bocado.

No le sobrecoje el temor, simplemente es más consciente de todo cuanto le rodea; el aire, frío en sus pulmones, los pinos que mecidos por el viento se estrellan contra la apremiante noche. Su pulso es firme, su forma física perfecta, su Fe inquebrantable.



…¡Y así es como el niño, al que habían dado por muerto, regresa con su pueblo, a la sagrada Buenos Aires, como Rey!.

Es el que vuelve del exilio, y el que es anunciado por el soplo de un cuerno que resuena en la Comarca…” una larga llamada cuyos ecos resonaron en el valle. Otros cuernos le respondieron… De improviso, desde gran altura, se elevo un gran coro de trompetas; sonaban, se hubiera dicho, en algún sitio hueco, como si las diferentes notas se unieran en una sola voz que vibraba y retumbaba contra las paredes de los edificios de la ciudad…(a)” Así, el Rey retorno victorioso, templada su alma en la Fe, para enfrentar a la bestia roja que se aproxima, hambrienta y confiada en su hegemonía cultural, saboreando el inminente bocado.

G. K.

a. Tolkien. ESA.

4 comentarios:

El diablillo dijo...

Bravo Figaro, bravo bravissimo...

Dicho sea de paso, me hubiera quedado con cualquier colonia persa antes que con la "ciudadanía" espartana...

CHESTERTON dijo...

Yo prefiero los perfumes antes que las colonias.

...Diablillo, si vas a un Congreso sobre la poesía en Platón, o sobre la poesía y la Historia en Aristoteles, espero que regreses con tu escudo o sobre él.

El diablillo dijo...

Si fuera a un congreso de tal calibre trataría de desarrollar algo así como "la dialéctica platónica en Hegel". Es lo que nos distingue a los dialécticos de los analíticos o los estéticos, nos gusta lo "entretejido en el combate".
He visto que en tu lista de libros recomendados has puesto uno de Alfonso Pérez de Laborda, sobre filosofía de la ciencia. No lo tengo; tengo otro titulado "salvar lo real". Es un desordenado, pero tiene una explicación: sus libros por lo general suelen ser recopilación de los apuntes que da en clase así como "refritos" de trabajos de estudiantes para su asignatura. Recuerdo que daba clase en la pontificia de Salamanca sobre historia y filosofía de la ciencia. Creo que últimamente daba también en la facultad de teología de Madrid. Hasta ahí no llego.
Pero con él si que coincidí en un congreso. Fue en una universidad de verano que organizaba la universidad complutense en el Escorial. Fuimos allí cuatro compañeros, y antes de esas jornadas tuvimos algunas reuniones "de gabinete" con Alfonso. Lo único que recuerdo fue la manera que tuvo de explicar cómo la razón no se puede reducir a la actividad analítica. Lo hacía yuxtaponiendo verbos mientras con las manos hacía un gesto con las manos como si fueran una balanza tratando de equilibrar dos pesos que se resisten a equilibrarse. Como había que decir algo, recuerdo que intervine, y aunque no sé lo que dije, fue una acción evasiva que suscitó la risa de los circunstantes que permitió dar por clausurada aquella pequeña reunión. Recuerdo que asistimos a una ponencia el primer día dada por un norteamericano. Aquello era tan sumamente tedioso en relación a la simplicidad del tema de la conferencia, que mis compañeros y yo decidimos asambleariamente no ir a ninguna conferencia más y aprovechar que por aquella época el Escorial estaba en fiestas, dedicarnos al turismo y a despedir los días en diversas terrazas contemplando el escorial, augusto mausoleo de reyes hispanos, degustando coñacs con nombres de resonancias tan sonoras como "Carlos I", "Felipe II", "Cardenal Mendoza" o "Gran Duque de Alba".
Pura filosofía práctica...

CHESTERTON dijo...

Uh! que envidia! en el Escorial -desde donde la monarquía hispanica dirigía el mundo (el mundo que me importa al menos).


Además, tu profe Laborda tenía ideas interesantes que ameritaban un cognac entre amigos en el Escorial. En mi caso, los profes de filo que me he encontrado, más bien ameritan una sesión de re-educación con Jack Bauer.


No sé porque, pero me imagino esa sesión en los sótanos del Cabildo, que no será el Escorial, pero al menos no es la Quinta presidencial.


Algunas de mis manifestaciones tambien suscitaron risas y subestimaciones varias, en el ámbito academico. En relación a como anda girando el mundo hoy en día, me preocuparía que no fuera así.

Saludos!