Concilio Vaticano II - Constitución Pastoral Gaudium et spes (n° 43)
"El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura (ver Hebr 13,14), consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno.
Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales"
Ante el horror de un niño atropellado, delante de él, por un camión, gritos desesperados de su madre…Camus comento a su acompañante: “Dios no responde”.
"Aquel frágil cuerpecito se dejaba devorar por la infección sin reaccionar. Pequeños bubones dolorosos, apenas formados, bloqueaban las articulaciones de sus débiles miembros. Estaba vencido de antemano. Por esto Rieux tuvo la idea de ensayar con él el suero de Castel. Aquella misma noche, después de la cena, practicaron la larga inoculación sin obtener una sola reacción del niño. Al amanecer del otro día, todos acudieron a verle para saber lo que resultaba de esta experiencia decisiva".
"El niño con los ojos siempre cerrados pareció calmarse un poco. Las manos, que se habían vuelto como garras, arañaban suavemente los lados de la cama. Las levantó un poco, arañó la manta junto a las rodillas y de pronto encogió las piernas, pegó los muslos al vientre y se quedó inmóvil. Abrió los ojos por primera vez y miró a Rieux que estaba delante de él. En su cara hundida, convertida ya en una arcilla gris, la boca se abrió de pronto dejando escapar un solo grito sostenido, que la respiración apenas alteraba y que llenó la sala con una protesta monótona, discorde y tan poco humana que parecía venir de todos los hombres a la vez.
Rieux apretó los dientes y Tarrou se volvió para otro lado. Rambert se acercó a la cama junto a Castel, que cerró el libro que había quedado abierto sobre sus rodillas. Paneloux miró esta boca infantil ultrajada por la enfermedad y llena de aquel grito de todas las edades. Se dejó caer de rodillas y a todo el mundo le pareció natural oírle decir con voz ahogada pero clara a través del lamento anónimo que no cesaba: Dios mío, salva a esta criatura".
“Pero el niño siguió gritando y los otros enfermos se agitaron. ... Pero bruscamente los otros enfermos se callaron.
El doctor notó que el grito del niño se había hecho más débil, que seguía apagándose hasta llegar a extinguirse. Alrededor los lamentos recomenzaron pero sordamente y como un eco lejano de aquella lucha que acababa de terminar. Pues había terminado. Castel pasó al otro lado de la cama y dijo que había concluido. Con la boca abierta pero callado, el niño reposaba entre las mantas en desorden, empequeñecido de pronto, con restos de lágrimas en las mejillas”.
“Paneloux se acercó a la cama e hizo los ademanes de la bendición. Después se recogió la sotana y se fue por el pasillo central…
…Pero Rieux se alejaba de la sala con un paso tan precipitado y con tal aire, que cuando alcanzó a Paneloux y pasó junto a él, éste alargó el brazo para detenerle.
—Vamos, doctor —le dijo.
Pero con el mismo movimiento arrebatado Rieux se volvió y lo rechazó con violencia.
—Ah!, éste, por lo menos, era inocente, bien lo sabe usted!"
Rieux: "…….No, padre —dijo—. Yo tengo otra idea del amor, y estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a amar esta creación donde los niños son torturados”.
A veces nos preguntamos porque sucede tal o cual cuestión que nos parece injusta, y en lo inmediato de la finitud de nuestro pensamiento, quizás no logramos advertir que Dios obra en la eternidad.
Es decir, no sabemos si un inocente muerto ayer en esta vida, quizás haya salvado su alma inmortal en ese momento, de la condenación eterna en la que hubiese incurrido mañana.
Dios es eterno, esta por encima de lo que nosotros llamamos “tiempo”, de lo pasado o lo futuro, él sabe, en ese acto que para nosotros es un misterio trágico, el sentido de su obrar.
Algunos católicos críticos al Concilio, con ciertas tendencias maniqueístas, plantean aquella oposición entre lo que es de este mundo y aquello que no lo es, fundamentando sus teorías en los dichos de San Agustín sobre las dos ciudades a las que alude la Gaudium et spes.
“Así que, dos amores fundaron dos ciudades, es a saber: la terrena el amor propio hasta llegar a menospreciar a Dios, y la celestial el amor por Dios hasta llegar al desprecio de sí mismo”. (San Agustín. La ciudad de Dios. XIV, 28)
Sin embargo, el santo nos advierte que la mirada del hombre no basta para discernir esta cuestión, y que solo Dios puede reconocer la ciudad a la que cada uno pertenece.
Existe un plan, donde el porqué de los acontecimientos, se nos escapa. En otras palabras, el santo entendió que la Historia no nos acerca a un criterio desde el cual comprenderla, sino que ella misma es un misterio, un problema filosófico.
En la obra “La Peste”, el médico, quien ha dedicado todos sus esfuerzos para ayudar a los demás, confiesa que no sabe que es la “honestidad”, pero sabe que él hace un trabajo honesto (ayudar a paliar el sufrimiento de los apestados: “cumplir con fidelidad sus deberes temporales” dice el Concilio). Es un hombre de este mundo que se pregunta: “¿Puede un hombre ser santo sin creer en Dios?”
-"¿por qué pone usted en ello tal dedicación si no cree en Dios? Su respuesta puede que me ayude a mi a responder".
Rieux: -…Yo no sé lo que me espera, lo que vendrá después de todo esto. Por el momento hay unos enfermos a los que hay que curar. Después, ellos reflexionarán y yo también. Pero lo más urgente es curarlos. Yo les defiendo como puedo”.
“—Ah! —dijo Rambert, con furia—, yo no sé cuál es mi oficio. Es posible que esté equivocado eligiendo el amor”
Rieux le salió al paso:
—No, no está usted equivocado".
De joven, Camus comenzó su búsqueda de valores, en una Ciudad post-cristiana, muy distinto a Sartre quien luego de Nietzsche, propugnaba crearlos. Una cuestión es “crear” y otra muy distinta es “buscar”.
Rieux, en la Ciudad azotada por la Peste, termina hablando de Amor, quizás, porque Camus comprendió, en su juventud, que las ideologías asesinan, por ello abandono esa prisión de almas para continuar su búsqueda; y descubrió que al amor no se lo puede encerrar en ninguna, puesto que siempre sobra, no se lo puede contener.
Surge la cuestión en esa búsqueda, de cómo Rieux rodeado de la Peste, termina invocando al Amor, porque para invocar a algo, primero hay que conocer aquello que se invoca, no vaya a ser que a uno se le presente un demonio.
¿Qué es lo primero?, ¿el objeto o el conocimiento? Si el amor siempre sobra, si no puede estar contenido, algo de él debe estar en mí; y si esto es así, ¿Cómo invocar una presencia que de por sí no puede estar ausente?
“Es la fe la que invoca.” (San Agustín. Confesiones)
C. V. II: “...la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas” (las tareas temporales)
“El alma de un hombre esta llena de voces, como un bosque. Hay allí diez mil lenguas, como las lenguas de todos los árboles. Fantasías, locuras, memorias, excentricidades, temores misteriosos, más misteriosas esperanzas. Todo el ordenamiento y sano gobierno de la vida consiste en llegar a la conclusión de que algunas de esas voces tienen autoridad y otras no” (Chesterton)
“No me buscarías si antes no me hubieses encontrado”
La búsqueda: “Todos los hombres, conformes a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad personal, tienen la obligación moral de buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión”
“…el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza”
(De libertate religiosa. I. Naturaleza de la libertad religiosa. C. V. II)
G. K.
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