Dicen que Sócrates no escribió nada, quizás porque tenía en más alta estima a la enseñanza viva que a la sentencia escrita, a la existencia del día a día que a los cursos de “Filosofía aquí y ahora” del Canal estatal “Encuentro” provistos por Feinmann, el sofista de la hermenéutica oficialista.
Quizás en mi ignorancia, me equivoque en estas apreciaciones y respuestas; después de todo, si tuviera respuestas para todas las preguntas, integraría la agrupación intelectual “Carta Abierta”, me nombrarían Director de la Biblioteca Nacional y acusaría –desde la certeza de ser la reencarnación de los siete sabios de Grecia (de todos ellos)- a los hombres como yo, de Impiedad y de corromper a los jóvenes de la ciudad.
Cuando se reúnen los “intelectuales” de “Carta Abierta”, los sábados por la mañana, las instalaciones de la Biblioteca Nacional rebosan de eruditos ratones de biblioteca; un efecto negativo de la fuga de cerebros de las décadas pasadas que comienza –en mi amor por la comunidad- a preocuparme.
Alguien debería haber pensado en un criterio de demarcación para establecer a quienes se les permitía volver del exilio (a los pensadores), y a quienes se los dejaba en el extranjero (a los intelectuales).
Yo hubiese propuesto una Legión “intelectual” extranjera. Así lo hicieron los franceses, a los indeseables, luego de las políticas de higiene social pertinentes, se los agrupaba en una Legión y se los enviaba lejos, a combatir en el norte de África o en Indochina –lo mismo daba-, la cuestión era expulsarlos, por la salud y el bienestar de la comunidad.
No todas las civilizaciones pueden darse el lujo de engendrar un Sócrates, a veces no es posible mantener las manos pulcras, y alguien debe asumir la tarea –y aceptar el sacrificio- de hacer el trabajo sucio.
A veces desearía que existiese la figura delirante de un Emperador a quien avergonzar en lo que haya quedado de su orgullo patricio, al acudir indignado a él con estos planteamientos, y hacerlo contemplar el circo romano en que se ha convertido el foro de la Biblioteca Nacional.
G. K.
Quizás en mi ignorancia, me equivoque en estas apreciaciones y respuestas; después de todo, si tuviera respuestas para todas las preguntas, integraría la agrupación intelectual “Carta Abierta”, me nombrarían Director de la Biblioteca Nacional y acusaría –desde la certeza de ser la reencarnación de los siete sabios de Grecia (de todos ellos)- a los hombres como yo, de Impiedad y de corromper a los jóvenes de la ciudad.
Cuando se reúnen los “intelectuales” de “Carta Abierta”, los sábados por la mañana, las instalaciones de la Biblioteca Nacional rebosan de eruditos ratones de biblioteca; un efecto negativo de la fuga de cerebros de las décadas pasadas que comienza –en mi amor por la comunidad- a preocuparme.
Alguien debería haber pensado en un criterio de demarcación para establecer a quienes se les permitía volver del exilio (a los pensadores), y a quienes se los dejaba en el extranjero (a los intelectuales).
Yo hubiese propuesto una Legión “intelectual” extranjera. Así lo hicieron los franceses, a los indeseables, luego de las políticas de higiene social pertinentes, se los agrupaba en una Legión y se los enviaba lejos, a combatir en el norte de África o en Indochina –lo mismo daba-, la cuestión era expulsarlos, por la salud y el bienestar de la comunidad.
No todas las civilizaciones pueden darse el lujo de engendrar un Sócrates, a veces no es posible mantener las manos pulcras, y alguien debe asumir la tarea –y aceptar el sacrificio- de hacer el trabajo sucio.
A veces desearía que existiese la figura delirante de un Emperador a quien avergonzar en lo que haya quedado de su orgullo patricio, al acudir indignado a él con estos planteamientos, y hacerlo contemplar el circo romano en que se ha convertido el foro de la Biblioteca Nacional.
G. K.
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