11 abr 2011

Un amor que sufre

Al pensar en la bondad divina, lo hacemos desde una vía analógica en la cual extendemos al infinito nuestra propia parcela de bondad. En cierta forma, pensar en ello deja un sabor de alegría en el corazón, más no sucede así si pensamos por la misma vía la cuestión del sufrimiento divino.



Si Dios elige llevarse a alguien joven para evitar desde su omnisciencia que esa persona a los 50 años cometa un pecado mortal, y por tanto condene su alma por toda la eternidad, en esa decisión debe haber sufrimiento. Saber que esa persona (Mariana), no va a conocer al hombre que la va a hacer feliz en este mundo, ni va a tener los hijos que anhela, debe producir un dolor tan profundo como el amor que Dios siente por ella.


Para salvarla, debe privar a su alma de acceder a la posibilidad de conocer un ámbito familiar de felicidad, ¿acaso ella no pensará –en el Instante en el que comprende que el tren en el que viaja va a descarrilar hacia el otro mundo, o quizás reflexione sobre ello en la eternidad- sobre esta cuestión con sufrimiento? ¿no constituiría eso una posible forma de des-agradecimiento o incomprensión?


Ser omnisciente es perturbador, tratar de sondear el sufrimiento divino es aterrador.



Tratar de pensar en el sufrimiento divino, puede lastimar el alma al tratar de conceptualizarlo, es decir, no se puede pensar en el sufrimiento divino sin sufrir, y se me ocurre entonces que allí hay un límite del pensamiento delimitado por nuestra capacidad humana de tolerancia del dolor.


Se me dirá que es necesario racionalizar la cuestión para abordarla sin lastimarnos, aunque esa perspectiva –en lo personal- me suena poco cristiano. No se puede racionalizar la pasión de Cristo.



Jorge de Burgos

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