27 mar 2011

El regreso de Jorge de Burgos





Al salir de la Abadía –cuyo nombre es preferible dejar en el silencio-, y transitar por la ciudad donde los jóvenes danzan ritmos de denominaciones vacías, no puedo dejar de recordar aquel proyecto de Hitler para con los eslavos de Europa del Este, donde a los mismos se les brindaría la posibilidad de seguir viviendo en la esclavitud, hipnotizados con música “a gogó” y comida “chatarra” diseñada por bioquímicos nazis.


Entre en una “estación de servicio”, denominada “24”, donde se puede desayunar, almorzar y cenar, con la particularidad de que la comida invariablemente tiene la misma cantidad de dosis de grasa-colesterol en todas sus variantes, incluso las bebidas, sea un café con leche o una “gaseosa”. Extraño a nuestras nobles vacas pampeanas de la Abadía, alimentadas con los frutos que nuestro esfuerzo extrae de la tierra cultivada y regada con el sudor de nuestras frentes, y siento una cristiana instintiva repulsión hacia el producto extraído de vacas clonadas en un laboratorio de una Química transnacional.


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En la televisión, desfila impúdica la concupiscencia que hipnotiza al “24”, mujeres desnudas, ¿por qué las mujeres aceptan exhibirse a la lascivia del mundo como si fuesen una mercancía en subasta?, encuentro difícil pensar en otro momento de la civilización occidental donde la mujer haya sido tan despreciada.


Debo volver a la Abadía, con el peso de los años de una vida de pobre pecador en el que el retiro espiritual constituye mi preparación para la buena muerte. Aunque, querido lector, debo confesarlo, los restos de caridad que aún la gracia permite anidar en mi corazón, me impulsan a atender al pedido de su Santidad, pedido similar al de Pío XII en mi juventud, que creía haber cumplido en éxito.


Alguien debe asumir en su solitaria valentía la posibilidad cierta de tener que ensuciarse las manos en su obra de amor, para cuidar al rebaño, ad maiorem Dei gloriam.




Jorge de Burgos (al servicio de su Santidad)

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