Al final de mis días de pobre pecador, recuerdo aquella oportunidad donde la hermanita adolescente de Rocío insistía en ir a la grabación de la serie televisiva “Para vestir santos”, a fin de conseguir una foto con Celeste Cid, su personaje favorito.
Un “Cid Santo de color Celeste” me resultaba intrigante a la vez que una broma macabra, porque en última instancia, ella (Celeste) era la protagonista de un programa donde se desarrollaban las vicisitudes de diversas vidas indecentes, sobre las cuales la dulce piedad cristiana me obliga al silencio caritativo; después de todo, siempre sostuve que solo los heresiarcas son dignos de la purificación en la hoguera.
Luego de que mis protestas fueron ignoradas, las féminas se encomendaron a la guía del GPS quién hablaba con voz de cromo a través de ellas, indicándome el trayecto hacia la Productora. Allí se nos informo que la grabación era en las inmediaciones del edificio; pensé que así sería para mayor gloria de la logística del hebreo de Suar (pero esa es otra historia).
No alcanzaba a entender el interés por un programa donde tres mujeres eran las protagonistas, como tampoco comprendía el éxito mundial de aquel film “Mira quién habla” done el protagonista era un bebé, ¿Qué podría decir de interesante un bebé para que ameritará mi atención?
La pequeña se lanzo del auto al olfatear su presa, por un instante la radiación del flash de su cámara radiografió la escena en mi memoria. Mientras la veía acercándose, de la mano de la hermanita de Rocío, comprendí que, a diferencia de Adso, quien murió sin conocer el nombre de la Rosa, yo al menos podría decir que era de color Celeste.
Rocío se dio cuenta de la situación, las arpías lo presienten, como las gallinas inquietas ante la proximidad del terremoto, reacciono como el crudo invierno ante la dulzura de la primavera.
Jamás volvió a mirar, ni a hablar de ese programa, era la hormiga reina que pierde sus alas, y buscaba con el sigilo de satélite intruso, la existencia de armas de destrucción masiva del invierno de nuestra relación, donde yo continuaba prisionero del canto de una sirena Celeste, que aún hoy, al final de mis días de pobre pecador, son la música que redime mi misoginia.
Jorge de Burgos
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