9 jun 2010

La decadencia de Occidente






Habiendo llegado al término de este libro, que empezó siendo un breve bosquejo y se ha convertido, al cabo de veintesiete años, en una obra de conjunto, cuya extensión ha superado todas mis previsiones, cúmpleme volver la mirada hacia atrás y explicar cuáles han sido mis propósitos, qué es lo que he conseguido, cómo lo he hallado y cuál es la actitud que hoy mantengo.



Este libro contiene la fórmula de un pensamiento que, una vez expuesto, no podría ser atacado, aunque debo decir –ante el estado de disolución presente-: comprendido.



En efecto, para ello hace falta, según voy viendo, una nueva generación, que nazca con las disposiciones necesarias.
Esta observación no será tomada tan en serio como pretende mi esperanza, más será motivo de risas escandalizadas en el número informe.



Un pensador es un hombre cuyo destino consiste en representar simbólicamente su tiempo por medio de sus intuiciones y conceptos personales. No puede elegir.



Piensa como tiene que pensar, y lo verdadero para él es, en último término, lo que con él ha nacido, constituyendo la imagen de su mundo. La verdad no la construye él, sino que la descubre en sí mismo. La verdad es el pensador mismo; es su esencia propia, reducida a palabras, el sentido de su personalidad, vaciado en una doctrina.


Y la verdad es inmutable para toda su vida, porque es idéntica a su vida. Lo único necesario es este simbolismo, vaso y expresión de la historia humana. La labor filosófica profesional es superflua y sólo sirve para alargar las listas bibliográficas, y ser un triste aspirante a sabio becado por el Conicet.



Nada se acaba nunca plenamente; la vida misma no se acaba hasta la muerte. Pero he vuelto sobre las partes más antiguas del libro, y he intentado elevarlas a la misma altitud de exposición intuitiva a que hoy he llegado. Y ahora me despido definitivamente de este trabajo, con sus esperanzas y sus decepciones, sus cualidades y sus defectos. Sólo contiene un aspecto de lo que tengo ante mis ojos, una visión nueva de la historia y sólo de ella, una filosofía del sino, la primera de su clase.



Es intuitivo en todas sus partes. Está escrito en un lenguaje que trata de reproducir con imágenes sensibles las cosas y las relaciones, en lugar de substituirlas por series de conceptos. No es un libro para programadores ni hackers del pensamiento.



Se dirige solamente a aquellos lectores que saben también dar vida a los sonidos verbales y a las imágenes. Esto es difícil, ciertamente, sobre todo cuando la veneración del misterio nos impide trocar las intuiciones profundas por los análisis de conceptos.



Se ha clamado sobre el pesimismo de mi libro. Es el clamor de los eternos rezagados, que persiguen cuantos pensamientos se brindan a los que en la vanguardia buscan la senda del futuro.
Comprender el mundo es, par mí, estar a la altura del mundo. Esencial es la dureza de la vida, no el concepto de la vida, como enseña la filosofía a lo avestruz del idealismo.



Para terminar, no puedo por menos de citar de nuevo los nombres de los dos espíritus a quienes debo casi todo: Platón y Kierkegaard. De Platón es la poesía; de Kierkegaard, el poema. Y para reducir a una fórmula mi relación con los dos citados, diré que yo he convertido en visión panorámica lo que era en ellos una perspectiva fugaz. Platón empero, fue, por su modo de pensar, un discípulo de la eternidad, sin saberlo. Aunque lo intuía.




Bajo Flores, en Buenos Aires. Otoño del 2010.

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