
En la ciudad de la Santísima Trinidad, “vivió hace muchos años un joven estudiante llamado Johannes Climacus cuyos deseos no eran, de ningún modo, ser reconocido en el mundo; su alegría consistía más bien en pasarla oculto y en silencio.
Quienes lo conocían un poco mejor buscaban explicar su retraída esencia, reacia a desarrollar cualquier contacto con los hombres, suponiendo que se trataba de un melancólico o de un enamorado. Quienes suponían esto último no estaban del todo errados pero se equivocaban al creer que el objeto de sus sueños era una muchacha.
Tales sentimientos eran completamente ajenos a su corazón y así como su apariencia exterior era delgada y etérea, casi transparente, en la misma medida también su alma estaba determinada de manera demasiada espiritual como para ser cautivada por la belleza de una mujer.
Deseaba comenzar con un único pensamiento a partir del cual ascender paso a paso por el camino del razonamiento hasta llegar a uno más elevado. Para él razonar era una escalera al paraíso y su beatitud le parecía todavía más espléndida que la de los ángeles”. (a)
Deseaba comenzar con un único pensamiento a partir del cual ascender paso a paso por el camino del razonamiento hasta llegar a uno más elevado. Para él razonar era una escalera al paraíso y su beatitud le parecía todavía más espléndida que la de los ángeles”. (a)
Consideraba al “principio de no contradicción” como indubitable, hasta que un día se le presentó el “Espíritu del mundo” y una apreciación crítica que por unos momentos aparentaba ser válida.
Si Aristóteles fue el Filósofo para la Edad de la Fe, el “Espíritu que siempre niega” es el Filósofo para los tiempos que nos tocan vivir. Así, recordaba él, la formulación del principio de tercero excluido:
“A o –A”. La formulación ontológica del mismo versa: “algo es o algo no es” No hay una tercera posibilidad en tanto es el principio, precisamente, de “tercero excluido” Se excluye, cualquier tercera posibilidad. Algo es, por ejemplo, amarillo, o no es amarillo, y no cabe otra posibilidad. Algo es “gato”, o bien algo no es un “gato”. “Algo es o no es”.
De acuerdo a la esencia de Mefistófeles, el Espíritu que siempre niega, toda unión es superación. Cuando dos partes se unen cada una aporta lo suyo y entre ambas surge una tercera posibilidad.
El acto mismo del conocimiento, en Mefistófeles, es la introducción de la contradicción. El principio del tercero excluido, algo o es A o no es A, es la proposición que quiere rechazar la contradicción y al hacerlo incurre precisamente en contradicción: A debe ser +A ó -A, con lo cual ya queda introducido el tercer término: A que no es ni “más” ni “menos” y por lo mismo es +A y -A. Una cosa es ella misma y no es ella, porque en realidad toda cosa cambia y se transforma ella misma en otra cosa. (La ciencia de la Lógica, Hegel)
De acuerdo a la esencia de Mefistófeles, el Espíritu que siempre niega, toda unión es superación. Cuando dos partes se unen cada una aporta lo suyo y entre ambas surge una tercera posibilidad.
El acto mismo del conocimiento, en Mefistófeles, es la introducción de la contradicción. El principio del tercero excluido, algo o es A o no es A, es la proposición que quiere rechazar la contradicción y al hacerlo incurre precisamente en contradicción: A debe ser +A ó -A, con lo cual ya queda introducido el tercer término: A que no es ni “más” ni “menos” y por lo mismo es +A y -A. Una cosa es ella misma y no es ella, porque en realidad toda cosa cambia y se transforma ella misma en otra cosa. (La ciencia de la Lógica, Hegel)
Johannes Climacus escuchaba los nombres de Mefistófeles y sus epígonos, mencionados una y otra vez con entusiasmo, casi con adoración, siempre venerados, siempre elogiados; en las diversas cátedras del Instituto.
Permanecía en silencio, pero escuchaba todo tanto más atento. Quizás, entre temeroso y avergonzado de que “los distinguidos pensadores se le rieran al escucharle que también él quería pensar, como las damas distinguidas se ríen de una insignificante muchacha cuando ésta se atreve a querer conocer también la santidad del amor” (b)
Recordaba aquella escena lejana, cuando él había hecho las “prácticas”, y una alumna, bella muchacha, en su doncellez se le había insinuado.
Había sido tema de conversación en la reunión de los viernes por la noche de la “Orden de los Historiadores inadaptados”: “¡Bájale la caña!”, “Es una niña, no le podes bajar la caña”, “¡Es una mujer!”.
Shopenhauer: “Cuanto más noble y acabada es una cosa, más lento y tardo desarrollo tiene. La razón y la inteligencia del hombre no llegan a su auge hasta la edad de veintiocho años; por el contrario, en la mujer la madurez de espíritu llega a la de dieciocho.
Por eso tiene siempre un juicio de dieciocho años, medido muy estrictamente, y por eso las mujeres son toda su vida verdaderos niños” (c). ¡Sigue siendo una mujer, ¡bájale la caña!
Era cierto desde el punto de vista lógico hegeliano, era una niña, y también era una mujer.
Pero “bajarle la caña” a una mujer de 14 años, no es lo mismo que “bajarle la caña” a una niña de 25 años.
En la sociedad de castas hindú, los hombres desposan niñas. Mefistófeles podría llegar a una tautología si redujera a entes lógicos a los habitantes de Rajasthan, donde las niñas pierden su infancia, y quizás su vida ante precoces embarazos. Y no habría razón lógica para indignarse. Pero me indigno.
Digamos, si están por freír en una silla eléctrica a un hombre, en un país donde “eso” tiene un consenso de aceptación, nadie se indignaría.
Si alguien dice que ese “hombre” tiene 6 años, entonces, sucede que me indigno, aunque “acepte” a la “silla eléctrica” como algo “válido”.
Es cierto que ese niño es a la vez un hombre, y se puede validar (de acuerdo a la lógica hegeliana, no aristotélica) que no habría inconveniente “lógico” en freír a ese niño-hombre.
Pero las gentes se indignarían igual, puesto que no viven en el Palacio de Ideas que ha construido Mefistófeles, sino en el aquí y en el ahora.
Recordaba aquella escena lejana, cuando él había hecho las “prácticas”, y una alumna, bella muchacha, en su doncellez se le había insinuado.
Había sido tema de conversación en la reunión de los viernes por la noche de la “Orden de los Historiadores inadaptados”: “¡Bájale la caña!”, “Es una niña, no le podes bajar la caña”, “¡Es una mujer!”.
Shopenhauer: “Cuanto más noble y acabada es una cosa, más lento y tardo desarrollo tiene. La razón y la inteligencia del hombre no llegan a su auge hasta la edad de veintiocho años; por el contrario, en la mujer la madurez de espíritu llega a la de dieciocho.
Por eso tiene siempre un juicio de dieciocho años, medido muy estrictamente, y por eso las mujeres son toda su vida verdaderos niños” (c). ¡Sigue siendo una mujer, ¡bájale la caña!
Era cierto desde el punto de vista lógico hegeliano, era una niña, y también era una mujer.
Pero “bajarle la caña” a una mujer de 14 años, no es lo mismo que “bajarle la caña” a una niña de 25 años.
En la sociedad de castas hindú, los hombres desposan niñas. Mefistófeles podría llegar a una tautología si redujera a entes lógicos a los habitantes de Rajasthan, donde las niñas pierden su infancia, y quizás su vida ante precoces embarazos. Y no habría razón lógica para indignarse. Pero me indigno.
Digamos, si están por freír en una silla eléctrica a un hombre, en un país donde “eso” tiene un consenso de aceptación, nadie se indignaría.
Si alguien dice que ese “hombre” tiene 6 años, entonces, sucede que me indigno, aunque “acepte” a la “silla eléctrica” como algo “válido”.
Es cierto que ese niño es a la vez un hombre, y se puede validar (de acuerdo a la lógica hegeliana, no aristotélica) que no habría inconveniente “lógico” en freír a ese niño-hombre.
Pero las gentes se indignarían igual, puesto que no viven en el Palacio de Ideas que ha construido Mefistófeles, sino en el aquí y en el ahora.
El primo de la célebre serpiente, no ve que la lógica es sólo una herramienta, y que no es sensato que le dicte a la razón su comportamiento y validez, siendo la lógica un subproducto de la razón. Mefistófeles identificaba el Ser y el pensar, por un lado, y por el otro, era incapaz de realizar el tránsito efectivo del pensamiento a la acción.
¡Ah! …y me olvidaba…Hegel vivió hasta el último de sus días regido por el principio de no contradicción, puesto que él mismo vivía en lo exterior a su sistema….ni siquiera en la portería, sino en la madriguera de las ratas.
G. K.
a y b. Johannes Climacus o el dudar de todas las cosas. Soren.
c. El amor, las mujeres y la muerte. Schopenhauer.
G. K.
a y b. Johannes Climacus o el dudar de todas las cosas. Soren.
c. El amor, las mujeres y la muerte. Schopenhauer.
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