En el umbral del final de mis días de pobre pecador, recuerdo la visita de un joven que prometía. Me solicitaba algún consejo, que él transformo en 99 consejos para jóvenes que prometen.
“Me acuerdo de la especie de horror que sentí en otro tiempo, cuando tuve que estudiar, para doctorarme, toda la filosofía de Platón. Nuestros profesores nos indicaron las ediciones de los libros de Platón aparecidos en los últimos veinte años: muchos estaban en idioma extranjero.
Luego, nos pusieron en guardia contra los resúmenes y trozos escogidos, contra el trabajo con manuales. En ello no estaban equivocados. Pero se trataba de estudiar a Platón en algunos meses compuestos de días de veinticuatro horas, lapso durante el cual reclamaban sus derechos el sueño, las demás necesidades físicas, otras lecturas, otros trabajos y el ocio mismo.
La intuición me guío hacia un maestro ciego que tenía horror a los convencionalismos. Fui a verlo al atardecer; me recibió en una biblioteca tapizada de libros, entre los cuales reconocí los apretados batallones de las obras de Platón.
Le expuse el motivo de la visita:
¿Es necesario leerlo todo?”
–Ah, respondió, ¡guardaos de ello!
–Pero entonces, pregunté, ¿no hay que leer nada?
-¡Guardaos más aún! Y me hizo notar que Platón había sido leído y releído por diversos autores; que yo debía hacer una tabla de los pasajes citados por ellos y observar cuáles eran los que se citaban más frecuentemente: esos promontorios, esas frases o, más bien, esas eminencias desde donde la vista podía, en caso de necesidad, extenderse en muchos y variados dominios.
Me aconsejó que una vez señaladas esas alturas, permaneciera en ellas, que volviera a menudo a esos textos, que hiciera de ellos mi liturgia; que viera, en fin, irradiar su luz sobre el contexto, sobre el diálogo en torno a este contexto, sobre los pasajes vecinos y análogos, las monotonías y las depresiones; sobre los pasajes más oscuros y casi impenetrables hasta donde, sin embargo, no era imposible, después de esa permanencia prolongada en las alturas inaccesibles, hacer llegar alguna luz. Lo que me agradaba en este consejero, era la falta de hipocresía.
¿Se repetirá alguna vez suficientemente esta bella regla natural: Ir en todo de lo conocido a lo desconocido?”
Jean Guitton. El trabajo intelectual.
(III, El esfuerzo profundo, III, Dadme una palanca)
Jorge de Burgos
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