La disputa se adivina. Esas miradas disimuladas en la indiferencia de tener la certeza de que uno mismo es más ingenioso que el otro; y conste que no soy amigo de ingeniosidades. Solo es cuestión de probarlo ante el auditorio; para luego congraciar a nuestro espíritu, repitiendo en nuestros pensamientos una y otra vez: “¡Que bien que estuve!”.
Es menester ser ingenioso antes que profundo, el influjo de la astuta serpiente que nos aleja del objeto de estudio.
La cuestión es el método, es decir, algún sarcasmo, una bella ironía;… …aunque he notado algo que ni mi intuición e impecable lógica, habían previsto.
Allí estaba él apesadumbrado, meditando acerca de la pedantería sub-intelectiva que lo había vencido (¡se lo merecía!). Y allí estaba ella, una muchacha para quien (por la forma de mirarlo), adivine que él sería todo; como Yo, en los meses por venir,…no sería nadie.
¿Qué había hecho? ¿Acaso no sabían apreciar la agudeza de mis sutiles raciocinios? El fuego que alimenta a esos ojos no se conmueve ante el encanto musical de la más refinada sinfonía silogística.
Él era un experto en Kant…..el tema tratado:
“De la imposibilidad de una demostración ontológica de la existencia de Dios”. Crítica de la razón pura. L. I, sección tercera, cap. IV.
Allí, Kant se refiere al argumento ontológico de San Anselmo (entre otros temas), y en relación a esta cuestión se planteo que uno podría pensar en un Ave Fénix y que ello no implicaría que ella existiese.
¡Cuanta falta de respeto para el viejo San Anselmo!, uno de los padres de la escolástica, que en sus tiempos ancestrales, ya se había tomado la molestia de responder a estas objeciones:
¿El ave fénix es contingente?
Todo puede ser pensado como no existiendo porque, en su concepto, todo ser finito puede no-ser; pero en el concepto de Dios no entra la no-existencia. Dios es el único ser que no puede ser pensado como no existiendo. (así decía, palabras más o menos, el sabio en su Apología contra Gaunilón, IV).
Asimismo, yo puedo decir que el Ave Fénix es eterna, infinita, y colmarla de atributos divinos, pero el que los enuncia es un ser contingente (Yo), entonces, todos los conceptos que emita (menos uno) serán contingentes. La idea de Dios, en cambio, no se contiene en mi pensamiento, sino que mi pensamiento esta contenido en la idea.
Recibí los consabidos saludos, honores y distinciones, ese era mi premio; …pero él recibió esa mirada de amorosa totalidad de ojos conmovidos ante la víctima, y yo, en última instancia no había recibido nada, puesto que al día siguiente se olvidarían de las palabras que había dejado caer en ellos en sabia bendición.
Asimismo,… … ella y él, en el café de la esquina comenzarían algo que no olvidarían.
¿¡Qué hice?!
¿Acaso no valían los ojos de ella, el sacrificio transparente de dejarme humillar en público?
Debo, confidente lector, reconocer que la mención de los “ojos”, infieren una connotación estética más cercana al centro de gravedad de su Ana-tomía.
Ese lugar, sin embargo, no admite a mi cabeza en reposo sobre sus “ojos” como hubiese deseado desde el primer momento en que me encandilaron, puesto que algo se interpone.
Desde esa procedencia misteriosa, el daimon me admoniza sobre mi misión, sobre mi “puesto” en ese momento, cual es mi lugar adecuado.
Quizás él, al verlos (a los “ojos”), en sus respuestas evasivas y de muy moderna traza filosófica, había planeado su triunfo de víctima y mi derrota estética.
G. K.
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