
Estimado Doctor:
Me he alejado por un tiempo de la ciudad, de la Internet, y en la medida de mis humildes posibilidades, del ruido del mundo.
De todas maneras, en mi celda cartuja no pude evitar, vía Wi Fi, conectarme y ver por Tv, a un grupo de niños que reunidos en ruin ceremonia, le prendían fuego a una paloma…y se reían. Otros le prendieron fuego a un “dis-capacitado” mental en un asado, y se reían. Vuelve lo más oscuro de la barbarie.
Eso me hizo volver; cual fiel alumno-aprendiz del inmenso Sócrates, y atestiguar ante el mundo de que algo “huele a podrido en Dinamarca”, como diría el “verdadero Hamlet”. Y aunque el Bajo Flores no es Copenhague, también aquí se siente lo nauseabundo-demoníaco, que no se ubica en el cinturón ecológico, sino en los repliegues más profundos del alma humana, ese espíritu de fineza vs. el espíritu matemático de una “caña pensante”, de la que hablaba Pascal, y al que se habían referido San Pablo (I. Cor., 2, 12) y San Agustín.
Se había ido de vacaciones a la montaña, treinta días sin fatigarse. Hasta que su corazón encaró al Sol y le dijo:
“Has comparecido a la boca de mi cueva en estas vacaciones de invierno, y recibíamos (mi gato Agatón y yo), tanto tu luz como tu girar eterno. Te aguardábamos todas las mañanas luego de las sombras. ¡Y tanta luz es digna de compartir a la oscuridad del mundo!, antes que convertirme en un ermitaño petulante”.
Al bajar de la montaña, se nos cruzo un anciano ciego que recogía raíces del bosque y nos dijo: ¡Si! Ya sé! Uds los que bajan de la montaña, no son lo “suficientemente pobres para dar limosnas”, así que no les pediré nada. ¡Nada espero de los hombres!
-“No tengo dinero, pero lo que tengo te lo doy”. Y el anciano comprendió que podía esperar mucho de los hombres; puesto que a pesar de todo, …no se puede secularizar la esperanza.
Al llegar a mi amada comarca, me dirigí a buscar su último libro: “La perversión democrática”, en el cual ha dispuesto ud., unos comentarios sobre mi humilde persona, que son inmerecidos para un sujeto de mi calaña:
“Así, el joven Germán Flores publicó en su blog la totalidad del escrito con una disposición rectificadora y agradecida que lo honra, pues no ha sido la suya una adhesión majadera o sumisa a mis argumentos, sino una recepción cálida y solidaria, inquisitiva en ocasiones –pidiéndome mayores honduras en ciertos puntos -o reajustando sin ambagues el enunciado de sus propios conceptos, en otros.
El intercambio epistolar que he mantenido a posteriori con él –y que con similar honradez hizo público en su blog chestertoniano- me resultó particularmente fecundo, pues amén de permitirme abundar en detalles colaterales ligados a la cuestión central, dejó ver a un hombre de bien, con convicciones propias y con la inteligencia abierta a la enmienda intelectual, tanto como al descubrimiento y a la aceptación de la verdad entera. Dios conserve su humildad, su sentido del humor y capacidad reflexiva”.
Atesoro en mi estima las consideraciones de un confidente del inmenso Sócrates, quien no cotiza alto su saber, sino que puede atender a las argumentaciones de una pequeña inteligencia, de un principiante en las artes del pensamiento, como este humilde servidor. Porque en última instancia, “no se prende una lámpara para guardarla en un cajón”.
A veces, las gentes piensan que solo vale aquello que pueda ser con-validado en el “aquí y ahora”, y que si uno plantea cuestiones “no realistas”, en el sentido de no poderlas aplicar en lo inmediato (si es que existe lo inmediato), se termina en un círculo sectario alejado de la “realidad”.
Sócrates y Kierkegaard le dijeron al mundo que estaba equivocado, y el mundo no los escucho; pero nosotros sí.
Un artesano medieval pulía y se esmeraba por perfeccionar su gárgola que engalanaba la entrada a la Catedral. Un “hombre natural”, prisionero de la praxeología, le podría decir: “¿Por qué perdéis tanto tiempo en “eso”? “¿No veis que el mundo vive en monoblocks en vez de Catedrales?”
El artesano habría respondido: “Yo trabajo para la eternidad”.
Sócrates y Kierkegaard también.
“Lo que me importa es entender el propio sentido y definición de mi ser, ver lo que Dios quiere de mí, lo que debo hacer. Es preciso encontrar una verdad, y la verdad es para mí hallar la idea por la que esté dispuesto a vivir y morir…¿De que me serviría que la verdad estuviera frente a mí fría y desnuda, indiferente a si la reconocía o no, provocando más bien un angustioso estremecimiento que una entrega confiada? (Sören)
G. K.
Posdata paradojal, no conclusiva:
Antonio, lo felicito por su nuevo trabajo, el cual leeré a la brevedad.
Recuerdo algunos comentarios que hice en su oportunidad sobre el tema, de acuerdo a mi visión paradojal sobre el mundo; es decir, no somos buenos y malos, perversos demonios o angelicales y santos. ¡Si lo sabremos los cristianos! La lucha interior contra las asechanzas del demonio a nuestra alma. Sobre esto se refirió Castellani en aquel poema de Jauja, inspirado en la obra del más grande teólogo del siglo XIX. Además, Chesterton era un maestro de la paradoja.
A la democracia la concibo así, paradojal; tiene todos los defectos que los grandes pensadores de todos los tiempos han sabido ver en ella; y todos los desastres ideológicos que de allí han surgido; pero no es: Intrínsecamente perversa.
¿Por qué?
Al estudiar las teorías marxistas, podemos concluir que ellas son Intrínsecamente perversas, en el corazón de ese ámbito teórico reside una perversión cientifista en virtud de su claro déficit antropológico al definir al hombre como “sus relaciones sociales”.
La realidad es paradojal, las abstracciones de Marx simploides.
En los U.S.A. la realidad es paradojal, por un lado es el modelo de la “Democracia” ante el mundo, pero ud. sabe mejor que yo, de que “eso” es en el fondo una monarquía electiva, con sus dinastías, con su aristocracia.
Se dice que el “progreso moderno-científico-técnico” esta disasociado de lo religioso, y sin embargo, el país que marcha al frente de esas cuestiones es uno de los países ¡más religiosos del mundo! Valen las penas del esfuerzo de Benedicto XVI al tratar de civilizar a esos bárbaros.
No es sencillo “formar” esa aristocracia, la Argentina no lo hizo, y así estamos. Los hombres naturales de hoy en día, insultan y desprecian a Dulcinea y dicen que se irían a Australia a buscar nuevos horizontes ante el primer traspié de sus vidas confortables.
Un noble francés del siglo XVII no quería a Francia como una doncella para pasar un viernes a la noche, sino que quería desposarla para toda la vida; la de él, la de los que murieron, y por la vida de los que estuvieran por nacer (a).
Quizás, Antonio, en el camino hacia esa forma de gobierno aristocrático (al cual suscribo), sea menester pasar por lo paradojal de lo democrático, lo cual no es solo una simple elección de representantes que otorguen el criterio de verdad basado en lo cuantitativo, sino que se ha convertido en un fenómeno cultural complejo, el cual es imposible ignorar como “perverso”, puesto que no es posible abarcar con la vista el contenido, si es que la concebimos como paradojal.
Esta posdata no conclusiva, no pretende ser una defensa de la democracia desde un ámbito de pensamiento político aristocrático, sino un humilde punto de atención sobre la cuestión de que la caracterización de “perversa” equivale a ignorarla, y podemos hacer muchas cosas con ella, menos, precisamente, eso.
G. K.
a. espero que De Maistre me disculpe por manosear sus pensamientos.
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