Termine de dar clases de "Humanismo ciudadano" al atardecer, cátedra que había substituído a la Filosofía, la Historia, el Arte y a la Teología. La humanidad al fin había dejado “atrás” todas sus desavenencias, nadie sentía el impulso de arriesgar la vida por un “ideal”, nadie sentía esa “rabia de amar”, no existía una poética heroica ni cobarde, tampoco imaginación, ni artistas.
La humanidad del "Concierto de naciones" había arribado a la “Paz perpetua” de la igualdad, de la fraternidad, la tolerancia, la democracia de masas, la Paz y prosperidad que hacían de las guerras, de las Cruzadas, de las epopeyas y espíritu de aventura, solo un recuerdo que era atendido en el Hospicio psiquiátrico atestado de los infectados con el Síndrome “hombres de la trascendencia”.
“…Mis noches terminaron con una mañana. El día estaba feo. Llovía, y la lluvia golpeaba tristemente en los cristales…” (a)
“…Mis noches terminaron con una mañana. El día estaba feo. Llovía, y la lluvia golpeaba tristemente en los cristales…” (a)
Abrían el gigantesco shopping “Voltaire” en la ciudad, templo del Dios del comercio y la economía, con detalles que intentaban, a través de una estética cubista (expresión arquitectónica oficial), Iluminar con su sombra y luces a los habitantes de la ciudad-residencia del Ministerio de Cultura Mundial. Al menos “eso” era la promesa de Publicidad.
Tal uniformidad, solo era perturbada por los restos del arte gótico sobreviviente en la última Catedral de la ciudad, convertida en Museo.
Quizás allí, entre la “variedad”, mi búsqueda podría encontrar su sosiego y abstraerme de esa impronta melancólica que no podía alejar de mis expresiones. ¿Adonde habíamos extraviado a la virtud de la eutrapelia? El humor es propio del hombre noble, o como decía “el maestro de los que saben”: "el hombre magnánimo usa la ironía”.
“…Quizá fuera un rayo de sol que, tras surgir de detrás de una nube preñada de lluvia, volvió a ocultarse de repente y lo oscureció todo a mis ojos. O quizá la perspectiva entera de mi futuro se dibujó ante mí, tan sombría, tan melancólica, que me vi como soy efectivamente ahora…” (b) reflejado en los ventanales del shopping.
Entre a la librería del segundo subsuelo. Allí, de contrabando, accedía a los libros “incorrectos”, escritos por los disidentes y editados desde las catacumbas.
Recuerdo que le pregunte al librero, un cristiano confeso, si no temía que el Ministerio lo descubriera y lo enviará al psiquiátrico, me contesto:
-Dijo Julio César en la tempestad a sus miedosos compañeros: “¿Qué teméis? Lleváis a César y a su buena estrella”. Mucho más Jesucristo, creador de las estrellas.
Decía San Pablo, prosiguió el librero, que hemos sido sumergidos en la muerte de Cristo, es decir, en Cristo muriendo. “Hemos sido asociados a Cristo y nos hacemos miembros suyos en el momento preciso en que ÉL se hace nuestro salvador. Y este momento coincide con el momento de la muerte de Cristo, figurada y místicamente realizada para nosotros en el bautismo. A partir de ese momento, todo es común con Jesucristo; somos crucificados, enterrados, resucitados en ÉL.
Con-vivimos, con-sufrimos, somos con-crucificados, compartimos la muerte, somos con-sepultados, con-resucitados, con-glorificados.
Si con una unión de esta clase hemos sido unidos a Cristo reproduciendo su muerte, también lo seremos para reproducir su resurrección”. (c)
“La cobardía en un cristiano es un pecado serio, porque es señal de poca Fe en Cristo, a quien “el mar y los vientos obedecen”. (Castellani)
Me aleje del librero, no entendía porque parecía ser el único hombre Alegre en todo el shopping donde las gentes parecían sumidas en la tristeza, el aburrimiento;……la teología había sido abolida, ya nadie perdía tiempo en la metafísica, la “Paz kantiana” tenía todas las respuestas en la superficie.
El cristianismo solo era un recuerdo como los cultos de la ancestral Sumeria, ya no había Catedrales llenas de mística, música y colores, pero el librero estaba allí, escapado del Hospicio. Y su alegría de juglar me hacía sentir incómodo.
No me interesaba ahondar en esas profundidades, solo era una actividad que por un momento me alejaba del tedio de la rutina, de los mil bostezos de la vida confortable, ...“de la soledad, la tristeza y la indolencia, las cuales, según entiendo, acarician la fantasía.
Esta se enciende poco a poco, empieza a bullir como el agua. La fantasía empieza a desbordarse entre alguna que otra llamarada…” (d)
Así, un relato de Rilke, oculto en la mesa de “saldos”, encendió mis pensamientos:
Era sobre una pordiosera que mendigaba a las puertas de un shopping, permanecía impasible como si no tuviera alma, mientras las gentes y el poeta le arrojaban monedas a sus manos todas las veces que pasaban por allí. Un día, él le dio una rosa, y el rostro de la mendiga floreció. Ella mostró con una sonrisa que tenía sentimientos, luego desapareció por unos días, quizás porque le habían dado algo más valioso que el dinero.
“¡Que su cielo sea sereno, que su sonrisa sea clara!... ¡Dios mío! ¿Un instante de felicidad no es suficiente para toda una vida? " (e)
Si alguien le diera a Multitud, “eso” que le dieron a la mendiga, quizás los shoppings estarían vacíos por unos cuantos días, y las gentes se darían cuenta que la mesera del restaurante a quien nunca vimos a los ojos, en realidad
“…era bonita y morena. Había acertado. En sus pestañas negras brillaban aún lágrimas de miedo reciente o de tristeza anterior. No sé. Pero después de dejarle una rosa en vez de las monedas de propina, a sus labios afloraba ya una sonrisa” (f), como la del librero.
G. K.
a, b, d, e, f: “Noches Blancas”, Fiodor (versión libre).
c. BAC, “La sagrada escritura”, cap. 6. La muerte física y eterna. Romanos, 6-5., p. 230.
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