08/11/2009

Diario de un seductor. Episodio XXVII. Amores zurdos.



Hay comentarios dichos al pasar, irreflexivos, que sin embargo, son definitivos.
Y ello, a pesar de nuestra voluntad, de alejarlos del pensamiento, de saborear el momento soñado al alcance de nuestro deseo; ese Instante donde lo interesante ha caído.

“Lo semejante busca lo semejante” decía el maestro del Liceo, el cual no podía ser amigo de un esclavo; y le resultaría extraño una común-unión de almas entre un filósofo y una lavandera donde el amor supere lo desemejante.

¿Puede una persona de alma enamorarse de otra que no admita lo suprasensible? ¿Puede un caballero compartir su vida con una zurda militante del P. O. o del P.U.P.U.?

Solo puedo responder desde mis experiencias de pecador nocturno, aunque virtuoso de día. Uno puede compartir algunas cuestiones con una doncella zurda, pero no las regiones profundas del alma. ¿Cómo podría existir una común-unión de almas si la otra persona no admite semejante delirio metafísico?

Los amores zurdos son como las horripilantes ciencias de la producción, que estudian la forma de ajuste de los engranajes, hasta tal punto, que corremos el peligro de que la máquina, en su ciega velocidad, siempre nos pueda agarrar el dedo y triturarlo, justo en el momento donde en el horizonte comienza a aparecer –cada vez con más fuerza- el relámpago de otro mundo lejano y distinto; justo ahí, se manifiesta lo zurdo y muere lo interesante.

Los amores zurdos son como el paseo, apurado por el “si paramos en todas las vidrieras no vamos a llegar nunca”. ¿Adonde?, en los paseos no se tiene que llegar a ningún lugar en particular.

Hay comentarios dichos al pasar, irreflexivos, que sin embargo, son definitivos.


G. K.

2 se atrevieron a decir algo:

El diablillo dijo...

Te propongo un trabalenguas

CHESTERTON dijo...

Voy para allá!