“Reprobamos, por tanto, así en lo que se refiere a los instrumentos como a la ejecución, la educación profesional (entendiendo por ella la encaminada a los certámenes, en razón de que el ejecutante no se propone al ejercitar el arte su propia perfección, sino el placer de los oyentes, y por cierto un placer vulgar.
Por esto no juzgamos estas ejecuciones propias de hombres libres, sino de asalariados
-léase “orcos”-
Más aún, los ejecutantes mismos tienen que degradarse, por ser ruin el fin que toman por blanco.
Cuando el espectador, en efecto, es de condición vulgar, tiende a rebajar la calidad de la música, y este efecto se extiende a los artistas mismos, a su condición moral y aun a sus cuerpos, por el cuidado que ponen en moverse para agradar al espectador)”. –Aristóteles, Política, Libro VIII, VI-VII.
Vivir en una tragedia de degradación colectiva progresiva, angustia; lo cual no quiere decir, claro, que yo no haya bailado aquél tema icono de la Horda, en la última ceremonia pagana a la que asistí, ¡convencido de que se trataba de un Casamiento!
Antes había momentos para reír y danzar, y aunque a veces surgía inesperada la interioridad, no la sabíamos valorar, inmersos en la intensidad de aquellos tempranos años; no nos preocupábamos demasiado por no haber alcanzado la fineza de espíritu para diferenciar esos momentos, a pesar de las admoniciones recurrentes.
Al no poder indignarnos ante lo ordinario (solo reír y danzar), cuando llegue el momento decisivo…¿Cómo un Orco va a poder distinguir lo ordinario de lo extraordinario?
-La “experiencia” de la semilla en el frasco de arena con el papel secante, que daba como “resultado”, un “aprobado” des-encantado al haber documentado el milagro, sin advertirlo-
De niños nos admonizaban, y nos sentíamos fastidiosos por ello, como si alguien estuviera arruinando la fiesta, …como Aristóteles.
De acuerdo al maestro del Liceo, el Arte nos purifica (a nuestro humilde entender, en el sentido religioso, aunque esto es controversial entre los especialistas), nos libera, nos da armonía; al contrario de la música de “flauta” de hoy en día, que nos ensucia y esteclaviza (léase estetiza-esclaviza) nuestra existencia a través de diversos criterios Orco-mercado-técnicos que nos des-equilibran en emociones rítmico-destructoras que aguardan a quien se atreva a dar testimonio de martirio al arruinar la fiesta con una admonición.
G. K.

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